Cuando un país cambia de presidente, cambian los nombres; pero cuando cambia de época, cambian los símbolos. Y los símbolos —esas imágenes que condensan siglos de fe, poder y pertenencia— son más fuertes que las palabras, más duraderos que los discursos, más elocuentes que cualquier programa de gobierno. Bolivia acaba de iniciar un nuevo ciclo político con la llegada de Rodrigo Paz Pereira al poder, y aunque muchos lo presentan como el rostro de una renovación democrática o el arquitecto de un «capitalismo para todos», lo que en realidad está en juego no es solo una política económica, sino el sentido mismo del Estado: su alma. Porque el alma de un país no se cambia con decretos, sino con gestos. Y los gestos —en política— son los signos visibles de la ideología invisible.
La Cámara de Diputados, apenas instalada, repuso en el hemiciclo la Biblia y el crucifijo, con más de dos tercios de los votos. Ese acto, aparentemente inocente, bastó para revelar el rumbo simbólico del nuevo tiempo. La escena fue casi teatral: la Biblia abierta en el centro, el crucifijo elevado como testigo del juramento, las manos alzadas bajo la cúpula del poder. Y de pronto, el eco de las palabras resonó con un aire de restauración: la República católica volvía a ocupar su altar, y con ella una idea de nación que muchos creían superada. Aquello que en la Constitución de 2009 se había transformado en Estado Plurinacional —laicizado, diverso, abierto a todas las cosmovisiones— parecía volver a plegarse ante los viejos símbolos del catolicismo político. No fue un retorno espontáneo; fue una elección deliberada.
Y así, sin haber modificado una sola línea de la Constitución, Bolivia comenzó a modificar el escenario. Porque los símbolos, más que los textos, son los que reescriben la historia. Cada nación vive de su liturgia, y la nuestra, después de la revolución simbólica del 2009, vuelve a disputarse entre la cruz y la Wiphala, entre la nostalgia de una República que se creía eterna y la promesa inconclusa de un Estado plural que aún no termina de nacer. No hay nada más político que el acto de colgar un crucifijo en una pared pública. En él se condensa una visión del mundo, una jerarquía, una idea de quién pertenece y quién no.
Rodrigo Paz —heredero de la vieja clase política e hijo de Jaime Paz Zamora— asume el poder en medio de esa disputa espiritual. Se presenta como el presidente del equilibrio, el hombre del centro, el gestor de un nuevo pacto económico. Pero su futuro político dependerá menos de su plan de gobierno que de la manera en que administre esa batalla por el sentido del Estado. Porque lo que se ha abierto no es solo una transición de gobierno, sino una lucha entre dos almas históricas de Bolivia: la republicana, cristiana y mestiza, y la plurinacional, indígena y laica.
El retorno de los símbolos cristianos no puede entenderse como un simple acto de fe. Es un signo de restauración, un intento de recentrar el poder simbólico en una sola matriz espiritual. Quien jura sobre la Biblia lo hace ante un Dios particular; y en ese juramento se redefine, silenciosamente, el espacio de lo político. El Estado, que debería ser el lugar común de todas las creencias, empieza a inclinarse hacia una fe específica, reconfigurando la pertenencia. No se prohíbe nada, no se deroga nada, pero se reordena todo: lo que vuelve al centro y lo que se margina a los bordes. Así actúa la historia cuando quiere corregirse a sí misma: con liturgias, no con guerras.
No se trata de negar la fe personal del presidente ni la herencia espiritual del país, sino de recordar que un Estado plural no puede erigir un solo altar en nombre de todos. La Wiphala, en su geometría de colores, representaba esa pluralidad: el intento de fundar una comunidad política donde todas las voces —católicas, aymaras, evangélicas, quechuas, agnósticas— pudieran reconocerse sin someterse. Su desplazamiento, su silenciamiento o su subordinación bajo el crucifijo no son gestos menores. Son el inicio de una narrativa donde lo indígena vuelve a ser adorno, no fundamento. Donde el «para todos» del nuevo discurso económico podría transformarse en el «para algunos» de la vieja historia.
Bolivia ha sido siempre una nación dividida entre el altar y la plaza, entre la misa y la asamblea. Durante los años del MAS, el poder se vistió de ritual andino, invocando la Pachamama y la energía cósmica del Qhapaq Ñan; ahora, bajo el gobierno de Paz, ese poder parece inclinarse nuevamente hacia el púlpito católico. En ambos casos, el poder busca sacralizarse. El problema no es la religión, sino el uso político del símbolo: cuando el Estado adopta una liturgia, convierte la diversidad en sospecha y la fe en credencial de pertenencia.
El verdadero desafío de Rodrigo Paz no será gobernar la economía, sino gobernar los significados. Si su «capitalismo para todos» no se traduce en un proyecto de convivencia simbólica, el país volverá a dividirse entre quienes sienten que el Estado les pertenece y quienes lo contemplan desde afuera. Lo más peligroso no es la cruz, ni la Biblia, ni la Wiphala: lo peligroso es el gesto de creer que solo una de ellas puede representar a la nación. La historia enseña que cuando un poder elige un solo símbolo, se condena a gobernar solo para quienes creen en él.
En las próximas semanas, Bolivia empezará a probar hasta dónde llega el espíritu de su nueva era. Tal vez Paz crea que puede equilibrar el mercado con la fe, la modernización con la tradición, la cruz con la Wiphala. Pero los símbolos no negocian; se enfrentan, se imponen o se transforman. En el fondo, su presidencia será el campo de batalla donde se decidirá si el Estado Plurinacional sobrevive como concepto o si se disuelve lentamente en el incienso de la restauración.
En esta encrucijada, conviene recordar las palabras de Hannah Arendt: el poder nace cuando los hombres actúan juntos, no cuando se arrodillan ante una autoridad invisible. Gobernar no es volver a poner a Dios en el centro del Estado, sino permitir que cada ciudadano encuentre en ese Estado el derecho a creer —o no creer— sin miedo. La laicidad no es una ofensa a la fe: es su garantía.
Por eso, el destino del gobierno de Rodrigo Paz no dependerá de la magnitud de sus reformas, sino de la profundidad de su respeto. De si se atreve a construir una patria donde el crucifijo y la Wiphala puedan coexistir sin que una deba inclinarse ante la otra. O de si, una vez más, Bolivia repetirá su historia cíclica: la del péndulo que oscila entre la inclusión y el retorno, entre el sueño del cambio y la pesadilla del pasado.
El futuro no comienza con una Biblia abierta sobre el estrado, sino con un pueblo que se reconoce entero. Que nadie se equivoque: la batalla que empieza no es religiosa, sino simbólica. Y las batallas simbólicas son las que definen el alma de las naciones. Si Rodrigo Paz comprende eso, podrá ser recordado como el presidente que logró reconciliar los emblemas de Bolivia. Si no, su cruz se convertirá en la cruz del Estado, y la Wiphala quedará colgando, otra vez, del viento del olvido.






















































































