Los recientes acontecimientos en el Donbás confirman que, si bien el ejército ruso avanza, su progreso es muy lento y a un costo humano descomunal. Pero si el presidente ruso, Vladímir Putin, puede restarle importancia a la muerte de cientos de miles de sus soldados, ¿significa eso que Ucrania y Europa están condenadas a vivir en un conflicto interminable?
Creer que Rusia está al borde de un colapso económico o político es una ilusión. Rusia cuenta con muchos más recursos que Ucrania, y Occidente ha subestimado con demasiada frecuencia la capacidad de adaptación del ejército ruso. El país aún posee una enorme capacidad para producir (e importar) drones de ataque y movilizar inversión militar al doble del ritmo de Occidente en Ucrania. Esto significa que puede mantener una ventaja en personal y equipamiento a pesar de sus cuantiosas pérdidas. La economía civil puede estar estancada, pero la maquinaria militar funciona a toda marcha.
Pero incluso si aceptamos que no habrá una solución militar, porque ni Ucrania ni Rusia pueden ganar la guerra, debemos preguntarnos cómo detener el derramamiento de sangre. Una opción sería que Occidente aumentara su apoyo a Ucrania e intensificara sus esfuerzos para debilitar la economía de guerra rusa, concretamente, haciendo lo necesario para cortar sus exportaciones de hidrocarburos. Esto no es tarea fácil: las importaciones energéticas de la Unión Europea procedentes de Rusia en 2024 superaron su ayuda anual a Ucrania.
Para forzar una confrontación que pudiera poner fin al conflicto, Europa parecería necesitar la ayuda del presidente estadounidense Donald Trump. Estados Unidos tendría que proporcionar a Ucrania la capacidad de atacar objetivos en territorio ruso, del mismo modo que Rusia lo ha estado haciendo contra Ucrania. EE. UU. también tendría que incautar los activos financieros rusos congelados que se encuentran bajo su jurisdicción y enviarlos a Ucrania. Posteriormente, EE. UU. y la UE tendrían que imponer sanciones secundarias a los principales compradores de hidrocarburos rusos: India, China y Turquía. Las sanciones secundarias bien diseñadas han sido las armas más eficaces empleadas hasta ahora contra la economía de guerra rusa, y las medidas severas dirigidas a su sector energético podrían ser la gota que colma el vaso.
Sin embargo, Trump no ha mostrado un interés real en explorar estas opciones. El arancel del 50% que impuso a la India no estaba realmente relacionado con sus compras de petróleo ruso; más bien, se trata de una estrategia para obtener concesiones del gobierno indio. Una vez obtenidas, es muy probable que Trump retire dicho arancel.
En cuanto a China, la incertidumbre es aún mayor. Tras haber anunciado recientemente una tregua comercial con China, es improbable que Trump se arriesgue a enemistarse con ella por Ucrania, un país que le resulta indiferente. Además, si Trump le pidiera al presidente chino Xi Jinping que intercediera ante Putin, ¿qué pediría Xi a cambio? Probablemente propondría un acuerdo en el que Ucrania quedara neutralizada como supuesta amenaza para Rusia, lo que pondría en peligro los intereses europeos (por no mencionar la soberanía ucraniana). Dado que esto estaría en consonancia con la diplomacia de esferas de influencia que Xi, Putin y Trump defienden, es probable que Trump lo aceptara de inmediato. Mientras que la política exterior del expresidente estadounidense Joe Biden buscaba preservar la primacía de Estados Unidos en el mundo, Trump parece más abierto a la gestión conjunta con China, llegando incluso a referirse a la relación sino-estadounidense como el «G2». Pero incluso con todos los beneficios que China obtendría en un mundo fragmentado, Xi no aceptaría a Putin sin más. Al contrario, querría que Estados Unidos declarara abiertamente que Taiwán no es ni será jamás un Estado independiente.
Desde enero de 2025, Putin ha logrado ganar tiempo manipulando al fácilmente manipulable Trump. Sin embargo, esta estrategia está llegando a su límite, simplemente porque Trump no ha conseguido ninguna concesión de Putin que le permita proclamar, por inverosímil que parezca, una victoria diplomática formal. Aun así, Trump no busca la derrota de Rusia, y aunque finalmente esté ejerciendo algo más de presión sobre Putin, no es la presión suficiente para que este ceda. Pero China puede presionar a Putin para que llegue a un compromiso.
¿Cómo se vería esto? Lamentablemente, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, carece de la competencia necesaria para reunirse con Xi en pie de igualdad; el presidente del Consejo Europeo, António Costa, es demasiado modesto; y la nueva jefa de la diplomacia de la UE, la exprimer ministra de Estonia, Kaja Kallas, parece demasiado débil para asumir el liderazgo. Por lo tanto, corresponde a los Estados miembros más influyentes —Francia, Alemania y Polonia (dada su proximidad a Rusia y Ucrania)— actuar. El diálogo con el Kremlin también debe producirse, les guste o no a los europeos. Europa por sí sola no puede revertir la situación a menos que apueste por un colapso ruso, lo cual dista mucho de ser seguro.
Por supuesto, lo que es cierto hoy no necesariamente lo será mañana. Todo se reduce al equilibrio de poder, no a principios definidos. Europa, que atraviesa numerosas dificultades, no tiene interés en una guerra interminable en Ucrania. Pero sí tiene intereses allí, y no puede permitirse aceptar un acuerdo que los ignore.






















































































