En mayo de 1994, hace 31 años, el icónico corredor de Fórmula 1 Ayrton Senna perdía la vida en el circuito de Ímola en Italia (Gran Premio de San Marino). Se recuerda aquel fin de semana como el más oscuro para el automovilismo, dados los accidentes sucesivos en los días previos a la carrera y la pérdida de dos vidas humanas. Pero fue el accidente de Senna lo que más dejó marcada aquella carrera.
Las transmisiones televisivas de aquellas carreras que alegraban a millones de brasileños y aficionados en el mundo a cada domingo, se tiñeron de sangre y de tragedia aquel 1 de mayo, al instante en que el monoplaza de su ídolo chocó a 211 km/h contra un muro de hormigón en la curva de Tamburello. Aunque aquel día no lo anunciaron de inmediato, es sabido ya que Ayrton Senna perdió la vida en esa misma pista, hecho que las autoridades de la Fórmula 1 no podían corroborar, porque hubiera significado parar la carrera, con la consiguiente pérdida financiera que les representaría y a la vista de los ojos del mundo.
¿Pero qué pasó en ese accidente? ¿Cómo fue que el piloto más hábil y renombrado de su generación perdió el control de su monoplaza y se fue a estrellar directo en una curva en la que no pudo doblar? Las investigaciones, los juicios contra la F1 y la escudería Williams, además de centenares de reportajes periodísticos disponibles en la web, ya establecieron una explicación oficial más o menos consensuada. Según Richard Williams, autor del libro «The Death of Ayrton Senna» (2010, Penguin UK, p. 154), los datos de telemetría recuperados posteriormente de los restos del coche indicaron que el piloto brasileño tomó la curva a 309 km/h y luego frenó con fuerza, bajando dos veces de marcha para reducir la velocidad antes de impactar contra el muro a 211 km/h. El monoplaza golpeó en un ángulo poco profundo, arrancando la rueda delantera derecha y la parte frontal antes de detenerse. Además, la rueda delantera derecha se disparó al impactar y entró en la cabina, golpeando el área frontal derecha de su casco; la violencia del impacto empujó su cabeza hacia atrás contra el reposacabezas, causando fracturas de cráneo. La otra herida fatal fue a causa de una pieza de suspensión unida al volante, que salió desprendida, penetrando parcialmente el casco Bell M3 de Senna, a una altura por encima del ojo derecho.
En una ocasión, en el Premio de Mónaco de 1988, que Senna perdió de manera insólita en las últimas vueltas por haber presionado demasiado a su máquina, comentó su experiencia extraordinaria: durante todas las vueltas previas, había logrado una vivencia interior similar a entrar en un túnel, donde todo ocurría a otra velocidad, y él solo estaba sincronizado con la pista, tenía perfecto dominio de todo, veía con perfecta claridad lo que tenía que hacer. Ese tipo de declaraciones le ganaron la imagen de piloto místico, pero también de fanático o delirante, según sus detractores.
En el Gran Premio de San Marino, la tercera carrera de aquel año, Senna venía con 20 puntos en desventaja respecto del alemán Michael Schumacher, que había ganado las dos competencias previas. Por tanto, creía no poder darse el lujo de perder una tercera carrera consecutiva si quería optar por el título de la temporada. Senna no salía campeón desde 1991, habían pasado tres años. Y pese a su profunda desconfianza respecto de su monoplaza, de la inseguridad que ofrecía aquella pista —como después se demostró y modificó—, nuestro piloto decidió correr esa carrera maldita, que guardaba su número en ella, junto a una guadaña que no le perdonaría.
Muchas veces me he preguntado, e investigado en todo lo que se ha publicado, por qué Senna no prefirió seguir a su instinto, el mismo que lo había hecho ser quien era. A Senna lo temían muchos pilotos del circuito por su ferocidad al competir, porque sabían que estaba dispuesto a poner su vida en juego al rebasar en una curva, o acelerar a fondo en plena pista mojada por lluvia, a diferencia del común de los mortales, que debían siempre reducir velocidad por precaución. Senna era del estilo alta intensidad, elegía ir por la más alta recompensa asumiendo los riesgos que eran necesarios; un paralelo lejano vería en el Barcelona F.C. del alemán Flick, que ha jugado sin miedo a que le penalicen su extrema generosidad por el juego, por la apuesta hacia el frente, la continua disposición de ir hacia adelante y de caminar en el fuego con la línea defensiva súper adelantada, como ningún otro equipo en el mundo lo hace. Ese es el Barcelona que perdió contra el Inter en la vuelta de Champions League, y ahora los detractores y calculistas señalan al equipo de Flick como ingenuo, irresponsable tácticamente, etc. Lo mismo podían decir de Senna, que jugaba con fuego, que su estilo era demasiado salvaje, que le faltaba moderar su hambre, saber administrar los puntos, competir por el puntaje a la larga y no por ganar cada carrera.
Ayrton Senna estaba comprometido con un fin: la victoria a toda costa siempre. «Somos corredores de autos y competimos para ganar, y si no atacas una apertura para pasar al de adelante cuando la ves, ya no puedes considerarte un corredor de autos», afirmaba categóricamente en una famosa entrevista que le hizo Jack Stewart, un excorredor. Pero veamos, la fijación de Senna por ganar, la convicción de que debía ser un modelo que representaba algo para los otros pilotos más jóvenes, lo amarró al asiento de su monoplaza aquel 1 de mayo. Aunque consideró la noche anterior la opción de no correr en aquella competencia, por todo lo que estaba dando errado desde los días anteriores en aquella pista, por las regulaciones sin sentido de la F1 y más. Senna tenía la musculatura como para pararse de frente contra los organizadores, y marcar con un gesto que hubiera sido de enorme repercusión, si decidía salirse y no correr, como medida de desaprobación y en rebeldía. En ese caso, habría sido otra la razón por la que Senna hubiera estado en todos los medios, probablemente dando algunas declaraciones, poniendo en jaque a la F1.
Tenía solo 13 años cuando Senna murió y solo escuché esa noticia de pasada en mi casa por la televisión, en aquellas épocas en que solo teníamos radio y televisión con canales nacionales. Ayrton había sido diseñado desde el principio con un estilo de carrera agresivo y ambicioso. «Corro diseñado para ganar», decía él. Y a sus 34 años, en aquella oportunidad, Senna no quiso salirse de su propio diseño. Desde niño había soñado con manejar aquellas máquinas ruidosas y flamantes, y competir en las carreras. Se iba de esta vida haciendo eso mismo, como un samurái que vive y muere por el filo de la espada.
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