Refiriéndonos a las artes visuales en el país, todavía reina la creencia de que el arte es atribuible a un artista. Pero quisiera ejercitar un cuestionamiento aquí, haciendo una analogía con lo que sucede entre el escritor y el libro. Plantean Deleuze y Guattari en Rizomas que «a partir del momento en que un libro es atribuido a un sujeto, se descuida este trabajo de las materias y de la exterioridad de sus relaciones […] Un libro es una composición y como tal es inatribuible» (D-G, 1994). Conviene aquí tomar nota para aproximarse a una vasta cantidad de obras de arte conceptual que todavía se muestran en contadas salas de Bolivia, pues estas piden ser leídas como algo más que el ingenio maravilloso de un autor o autora.
De hecho, muchas veces el nombre del artista y el título de la obra juegan un papel de sombra demasiado grande, que obnubila la verdadera valía de uno de esos artefactos conceptuales. Pocos, muy pocos artistas, se animarán a usar un pseudónimo como hizo Duchamp con La Fuente, relegando un poco el nombre propio como identificador. Valcárcel fue un grande de nuestro medio, también porque entendió la importancia de despersonalizar su nombre, lo convirtió en la seña de una oficina de producciones, en la aglomeración de las otras versiones de sí mismo.
Se quedan cortos los que explican la novedad del arte conceptual bajo el supuesto de que sería un arte donde la idea es lo más importante, por encima de la técnica, el soporte o las particularidades materiales de la obra. Los que lo hacen así generalmente no han leído más que algún manual de historia del arte o revisado un par de videos en YouTube. Les compartiremos aquí una visión más apropiada de lo que es.
El arte conceptual no es el que privilegia la idea, puesto que en el arte siempre ha sido importante el trabajo con las ideas, y en sí una pintura de expresionismo abstracto o de hiperrealismo provocan y transmiten ya una serie de ideas variadas. El muralismo mexicano que influenció la práctica pictórica en espacios públicos en nuestro país también privilegiaba de algún modo la ilustración de unas ideas rectoras, que eran las consignas afines con el momento político que apoyaban, ideas como el telurismo, la reivindicación de lo indígena, la premisa de la descolonización y el retorno a los saberes ancestrales…
Lo que diferencia al arte conceptual del arte figurativo y realista es que no propone imágenes para representar lo real sino para cuestionar lo que vemos de lo que se ve. Es un arte que prefiere los giros de la trama en un solo movimiento rápido y efectivo, como un latigazo. No se trata de que sea una idea lo primordial, como si hubiera una idea oculta que descifrar, sino que produce imágenes cuestionadoras del mundo, y es más, invoca otras formas de percibir lo mismo que siempre se ve de determinada manera acostumbrada.
Viendo un ejemplo, en una acuarela de la talentosa Mónica Rina Mamani podemos ver cómo se representa una botella de Coca Cola, un pan marraqueta y en el fondo una imponente montaña, el Illimani, situando así geográficamente a la imagen. Este tipo de pintura puede quedar espléndida por ejemplo decorando un restaurante o las salas de un hotel, por decir algo. ¿Pero busca, por ejemplo, una crítica al consumo de una marca multinacional como Coca Cola en el contexto local? No. La búsqueda que persigue la artista al poner la obra a los ojos del público no es la de invitarlos a dislocar la visión que se tiene de la realidad, ni invoca nada específico más que la contemplación de un ejercicio realizado con maestría, que comunica a la sensibilidad de los espectadores por medio de los sentidos y la memoria.
Personalmente me encantan las acuarelas de Rina Mamani, o los pasteles de Rosmery Mamani, ambas tan imbuidas por la influencia de su maestro, Ricardo Pérez Alcalá. Disfruto de ver cómo se preservan hasta el día de hoy gran cantidad de los murales en relieve cerámico de Lorgio Vaca, en Santa Cruz y en otras ciudades del país. Más aún en este tiempo en el que se pintan tantas paredes y murales con los mismos símbolos y alusiones folklóricas repetitivas, sin mucho chiste, y tan solo pintadas en la pared, a la merced de las condiciones ambientales y el paso del tiempo que los deteriorarán rápidamente. En ese contexto, los murales de Lorgio, francos y de mensaje directo, se erigen todavía como puntales, destacando durante décadas dentro del panorama artístico boliviano.
Las obras de arte conceptual surgieron también con sus propias premisas, como es sabido. Buscaban desacralizar el arte, atacar a las instituciones oficiales de la cultura burguesa, apoderarse y destruir antiguas formas de arte, aquellas que reforzaban la institución de la propiedad individual y el placer personal del objeto. Esta era la búsqueda de un arte que se planteaba revolucionario en su momento, que quería integrarse a la realidad total, y destruir la separación idealista entre la obra y el mundo, en la medida en que cumpliera una función transformadora de las instituciones sociales. Hace falta que estudiemos más los textos de Sol LeWitt.























































































