Inframundos, el más reciente libro de cuentos de Fernanda Verdesoto Ardaya propone una lectura radical sobre aquello que permanece oculto bajo la superficie visible: objetos aparentemente inertes que cobran vida, memorias fragmentadas que se resisten al olvido y silencios históricos que reclaman ser escuchados. Esta obra representa una excavación profunda en los espacios donde el pasado se resignifica y donde lo inanimado adquiere protagonismo; todo para contar historias que trascienden lo meramente humano.
Fernanda Verdesoto Ardaya es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Literatura Boliviana y Latinoamericana por la UMSA. Llega a esta propuesta literaria tras el notable éxito de Jano Bifronte, obra que alcanzó su segunda edición este año. Académica, investigadora y docente en la Universidad Católica Boliviana y la Universidad Privada Boliviana, Verdesoto ha desarrollado una trayectoria sólida como autora. Destacan sus títulos Sobre monstruos y molinos de viento y Mujeres y producción literaria, además de su coautoría en Mapeo de las mujeres en las artes en Bolivia (1919-2019). Su trabajo se caracteriza por tender puentes entre la investigación académica y la creación literaria, encontrando en esta intersección un territorio fértil para la exploración narrativa.
En esta conversación, la autora revela las obsesiones que alimentan su escritura: la fascinación por las ruinas y los procesos de desintegración; la convicción de que los objetos antiguos —fotografías, tejidos ancestrales, manuscritos— poseen movimiento y voz propios; y la certeza de que la ternura constituye una postura política radical en tiempos de destrucción continua. Inframundos, obra publicada por Editorial 3600, se presentó al público en el marco de la Feria Internacional del Libro de La Paz 2025.
– ¿Qué representa para usted el concepto de ‘Inframundos’ y cómo surgió la idea de explorar lo que habita bajo la superficie de la realidad visible?
Creo que tengo que empezar diciendo que este es un libro que trata sobre varias de mis obsesiones, y una de ellas es la ruina. Me rompo la cabeza —con y sin motivo— pensando sobre grandes civilizaciones que lo fueron todo y que ahora no son más que pura piedra; incluso nosotros mismos, que estamos en el proceso de ser ruinas. Ese camino, que efectivamente está fuera de la realidad tangible y visible, es el inframundo. La construcción de la ruina, de la desintegración, es algo muy importante de profundizar, creo.
– En su nueva obra, el protagonismo recae en objetos y elementos aparentemente inertes: fotografías, barcas, tejidos ancestrales. ¿Qué la llevó a darle voz a lo inanimado y cómo construye estos personajes no humanos?
Yo tengo la impresión de que no son objetos inanimados, sino que tienen movimiento constante. En el caso de las fotografías (las antiguas, sobre todo), los tejidos, los manuscritos, las estelas de piedra… tienen mucho que decir, pero hay que aprender a mirarlos, a leerlos. Siempre tienen una historia que contar, pero para eso hay que dejar de pensar que son solamente objetos o decoración. En el libro hay un cuento, «Panchito», que trata sobre un perro que aparece en varias fotografías de archivo; en realidad el perro sí existió y me llamó mucho la atención al verlo protagonizar varias fotos de 1918, pero al encontrarlo una y otra vez, sentía que se movía, que ladraba; de alguna manera, sentía su personalidad en la imagen.
– Después del éxito de ‘Jano Bifronte’, que llegó a su segunda edición, ¿cómo siente que ha evolucionado su escritura en ‘Inframundos’? ¿Hay elementos que conectan ambas obras?
Estoy muy contenta de que Jano Bifronte haya llegado a una segunda edición. Sí creo que Inframundos es mejor, pero esa siempre es la intención: evolucionar, mejorar. Creo que he podido crecer mucho en estos tres años y traer textos que sean más complejos en los conceptos que abordan. Sobre si hay elementos que conectan ambas obras, me parece que es, por un lado, el género fantástico y, por otro, la idea de encontrar realidades subterráneas a todo lo que vivimos.
– ¿Cómo se articulan las dimensiones de lo emocional, poético y político en su proceso creativo?
Realmente, esos tres elementos que mencionas son hilos muy importantes en mi narrativa. Y como digo hilos, es porque todo es un telar; no creo que se pueda hablar de lo político sin lo emocional, porque la posición política —y no partidaria, hay mucha gente que los confunde— es esencial en nuestra manera de observar y experimentar el mundo. Lo poético está en todo, porque es la mejor forma de construir un pensamiento. Yo les suelo decir mucho a mis estudiantes que el lenguaje poético lo es todo y es la manera de comprender el mundo.
– ¿Cómo integra el patrimonio cultural boliviano en su narrativa fantástica y qué papel juega en la construcción de estos inframundos?
Está en todos lados y trato de darle una vuelta, más allá de lo romántico o lo «turisteable». Hay un cuento sobre una monolita, otro sobre fotografías de archivo de las misiones de Guarayos, sobre un grupo de momias encontradas a orillas del lago Titicaca, sobre un manuscrito que llegó a un archivo en plena Revolución del 52, sobre los tejidos jalq’a, o incluso sobre cómo sería el Illimani si hubiera un diluvio de dimensiones bíblicas. Creo que es interesante pensar estos elementos, tan importantes en nuestra cultura, desde otros puntos de vista, dentro del «qué pasaría si…» o dentro del «es posible que…».
– ¿Cómo dialogan su trabajo académico y su creación literaria? ¿Se nutren mutuamente?
En todo dialogan. Creo que hay un prejuicio —y a veces hay razón— muy fuerte hacia la academia, desde la pomposidad de la que podemos pecar los académicos y académicas, hasta la lejanía que muchas veces se establece. Sin embargo, el trabajo académico es fascinante, la investigación también lo es. En mis propias investigaciones, mi corazoncito tiembla como colibrí cada vez que encuentro algo nuevo. Es súper lindo, y sostengo que esos descubrimientos y esos objetos de investigación también tienen su mundo y su magia. Sí, la emoción de descubrimiento está muy presente en el libro, así como mucho de lo que hago, como el trabajo de archivo.
– ¿Cómo concibe el papel político de la literatura y específicamente de su escritura en el marco de una resistencia simbólica y una ternura radical? ¿Cómo llega a estos conceptos?
La literatura, si bien fue —y sigue siendo— mal utilizada como herramienta partidaria, tiene un papel protagónico en la política. La literatura nos ayuda a conceptualizar y abstraer temas y nociones que en un principio son una nebulosa en nuestras cabezas. Hay mucha gente, incluso personas que conozco, que dice que «son cuentitos nomás»; sin embargo, después nos estamos quejando de que en Bolivia nadie lee, de que no hay pensamiento crítico, de que no pasamos ninguna prueba internacional, etc. Y claro, nos hemos acostumbrado a repetir que «son cuentitos nomás» o «fantasías», pero la verdad es que la literatura ha construido pensamientos y posturas esenciales en las personas.
Ahora, en lo que concierne a mi propia escritura, debo decir que la ternura es política. Si bien vivimos en un mundo de destrucción continua, la ternura es una postura política que asumo muy firmemente. Creo que, en este caso, los inframundos me recuerdan todo lo que perdimos, pero también todo lo que se podrá recuperar.
– ¿De qué manera aborda la relación entre pasado y presente en Inframundos? ¿Qué memorias o silencios históricos intenta rescatar del olvido?
Generalmente, trato de ver el tiempo no como un solo trazo, sino como infinitas líneas paralelas que se superponen. El pasado nunca queda atrás, creo que eso es imposible, pero necesariamente se vincula con el presente. No podemos entender lo que estamos viviendo sin mirar ese pasado que, mal que mal, nos sigue formando. Por eso el patrimonio es importante y hay que preservarlo, pero también al pasado hay que comprenderlo, aceptarlo y recordarlo. Me parece que los inframundos también son memoria. Desde la carnicería que se está llevando a cabo en Gaza, hasta el recuerdo de cuatro niños ecuatorianos asesinados, todo se rescata del olvido. El vacío nunca llega a concretarse, es imposible.
– Usted dice que, cuando sea grande, quiere ser «la loca de los perros», una frase entrañable. ¿Cómo se refleja esa sensibilidad hacia lo aparentemente marginal o invisible en su literatura?
Los animales siempre han estado en la literatura, ya sea como personajes, como parte del paisaje, como motivo de los protagonistas o como metáforas y alegorías. Tal vez es que nosotros como lectores a veces decidimos no verlos. En mi escritura, ya sea en Jano Bifronte o Inframundos, hay un mundo animal muy presente, porque me cuesta comprender el mundo sin ellos. Incluso en la ruina, ellos se quedarán para verlo y vivirlo todo. Hay una ternura inexplicable en los animalitos, sobre todo en los perritos y, aunque no sé si la comprendo, mi objetivo es crear una representación acertada de esta. Qué mejor manera de lograrlo que siendo la loca de los perros.























































































