El Último Blues del Croata (2025), dirigida por Alejandro Suárez, es lo mejor que se ha visto del cine realizado en Santa Cruz de la Sierra desde El Ascensor (2009) –la ópera prima de Tomás Bascopé. Aquella película también se había filmado con presupuesto apretado, se apoyó en la calidad actoral de los protagonistas y un muy buen guion para que se sostenga la trama. Pero mientras El Ascensor transcurre casi toda dentro del elevador de un edificio cerrado durante las fiestas de Carnavales, El Último Blues del Croata asumió otro tipo de esfuerzo al darle un rol protagónico a la ciudad, haciendo sentir al público cruceño un aire de familiaridad que envuelve a toda la historia.
Hemos leído casi todas las reseñas críticas que le han dedicado a la película desde su estreno el pasado 17 de septiembre: partiendo de la mirada de Alfonso Gumucio, pasando por Fernando Molina, hasta la agria apreciación de Ricardo Bajo; destacamos la entrevista realizada por Pablo Deheza para la revista Escape por la cantidad de datos que brinda. La mayoría de las voces críticas han sido elogiosas. Suponemos que no es lo mismo apreciar esta película desde la vivencia de Santa Cruz que hacer una crítica desde el altiplano o viviendo en el exterior. Escribir sobre cine, o bien se hace guiados por la intuición, desde una inmersión sensible en el universo del film, o bien se logra desde un enfoque más racionalista, manteniendo las distancias a modo de un médico frente a su paciente, aunque en dicho caso las emociones y prejuicios no dejen de estar envueltas en lo que se llega a decir.
Contrariamente a lo que se comenta, El Último Blues del Croata no es sobre el músico Drago Dogan, aquel carismático intérprete de la Drago Blues Band, bien conocido en los círculos bohemios de la escena blusera boliviana desde los años 90´s, y que murió en nuestro país el año 2019. Decir que el film se “inspira” en la figura de este músico todavía es ambiguo e impreciso. El film no es ni una biopic, ni un relato documental ni un homenaje. En sí resulta en un ejercicio incompleto para quienes no conocimos a este músico ni lo escuchamos en vivo, puesto que hay alguna expectativa en el modo de anunciar la película que nos hace desear que lo hubieran retratado un poco más a fondo, a él y a su música. Pero simplemente no es el interés de Alejandro Suárez en esta narración con imágenes movimiento.
El músico desaparecido al que nombran en la película, Drazen Novak, es un personaje ficticio, que alude a porciones de la vida de Drago Dogan, pero sobre todo de su final embarcado en un camino autodestructivo. ¿Y qué hubiera valido la pena contarse de ese desmoronamiento sin caer en un relato deprimente, que haría sufrir a quienes lo conocieron? Decía el escritor norteamericano Scott Fitzgerald que toda la vida es un proceso de demolición; que la vida a medida que avanza puede desmoronarse bajo el peso de las experiencias y las decepciones, llevando a una sensación de caída y fracaso. Estamos seguros que de haberse filmado en La Paz habría tenido muchas más chances de ser una película melancólica sobre los trajines y vericuetos de la noche y el mundo underground, de los peligros del alcohol y las drogas, del cómo consumen sus tentáculos a la vida de los seres que sucumben en esos senderos. Se nos viene a la mente El Último Movimiento, de Kiro Russo, una apuesta decidida a retratar a La Paz como una sinfonía urbana, pero infinitamente lenta y densa, con serio aire enigmático, y un indisimulado gusto por lo abstracto y el cine mudo. Un film de otras pretensiones y sostenido en otra realidad material para su producción. El Último Blues del Croata, en cambio, está influida por otra ánima que respira en las ciudades tropicales, y por ello se nota que está filmado casi todo a la luz del día, con rigurosidad técnica, pero al mismo tiempo sobria, sin aspiraciones de sofisticación abstracta o de dirigirse a los públicos de festivales en las capitales del mundo.
El primer mérito de El Último Blues del Croata reside en no haber caído en lo predecible, porque sorprende en un modo que descoloca. Eligió no ser una nueva visita a los retratos de músicos que sucumbieron en esos abismos, en cambio, su elección ética fue armar, a partir de un hecho puntual de la vida de un artista (su muerte), una historia menor de tono alegre, costurada con fino humor negro, sarcástico y, en general, simpático. Es también una historia de redención, pero no de un personaje, sino de regeneración de vínculos humanos; la redención será de los amigos que se embarcaron en la misión de honrarlo en su despedida.
Alejandro Suárez ha subrayado el aspecto de partida del film, con sinceridad y exento de mayores pretensiones, en diversas entrevistas y apariciones:
“La película trata de dos amigos que reciben la noticia de que un tercer amigo ha fallecido en condiciones malas, en la pobreza y solo. Ellos no quieren permitir que este amigo termine en una fosa común porque no tiene ni documentos”.
Así pues, es el tercer amigo el que sobrevuela toda la película en calidad de una memoria etérea e incompleta. Pero invoca una carga emotiva. En el fondo, esta historia de amistad es acerca de un traspaso, de una herencia que solo se siente cuando se hace algo de corazón. Por ello, la narración se encarga de mostrar que los dos amigos, Perla y Willy, al momento que ocurren los hechos, no atraviesan su mejor momento y tendrían mil cosas más urgentes que hacer en sus vidas que estar en trajines por la ciudad para cremar un cuerpo de manera clandestina. En ese afán de ser leales a una amistad, ellos mismos encontrarán la salida a flote en sus vidas. Y era importante que los roles protagónicos estuvieran sostenidos por dos actores de oficio, que manejaran diferentes registros. Ese es otro acierto, en la elección de Mariana Bredow y Pedro Grossman como los protagónicos.
Los ochenta minutos del film no dieron tiempo para que se desarrollaran mejores frentes de la historia –como la inclusión de los hijos vagamente retratados, de modo poco relevante–, pero la columna vertebral del film, que es al menos la que hemos intuido, se cumple plenamente. Una serie de sensaciones agradables se nos fijarán en la memoria tras la experiencia de la película. Habremos paseado un poco por la ciudad de Santa Cruz, y saliendo de la sala oscura volveremos a ella, a seguir viviendo nuestras propias historias, habiendo reflexionado un poco sobre nuestros propios amigos, sobre el curso de la vida y su punto final, y las imprevistas maneras en que la terminación de una vida puede a veces ser un empujón de aire vitalista para los otros que continúan todavía haciendo camino al andar.
























































































