Un café. Una cerveza. Una ida a bolichear. Durante la pandemia, utilizamos esta frase para ponernos pequeñas metas de socialización con los cercanos. Era obvio, el mandato de distancia social hacía que la recomendación de sentido común fuera evitar las reuniones. Sirvió también, lastimosamente, para no pagar deudas, para evitar compromisos y para posponer obligaciones formales.
Lastimosamente, más temprano que tarde, nos vimos envueltos en otra crisis, esta vez no sanitaria, sino política. Por las promesas incumplidas del gobierno (por favor, ¡la gestión solo tenía seis meses!) el grupo que perdió el poder en las elecciones del año pasado decidió que paralizaba el país, mataba a la economía y exigía la renuncia del presidente, con la ayuda de los violentos que siempre se prestan a ello y su eterna carne de cañón: los más humildes, los que por 300 pesos al día (100 cuando agarraban a los micro distribuidores y no alcanzaba) podían sentarse y simplemente no moverse.
Empujar piedras, cavar zanjas, echar tierra, lo que el dirigente de turno solicitara a cambio de unos pesos que nunca caen mal, total, “el gobierno” (quien quiera que fuere) nunca ha hecho nada por nosotros. Algunos ni sabían por qué estaban bloqueando: la nación Yampara, en Chuquisaca, abandonó su punto de bloqueo, después de ser consultados sobre si sus demandas habían sido satisfechas. No tenían ninguna. Habían ido casi por la inercia y se fueron pronto.
La dictadura sindical (una figura que debería estar más presente en nuestra prensa para ser denunciada de manera frontal) también obligó a pequeños productores del Chapare, vecinos de El Alto y pobladores de localidades del occidente a unirse a los bloqueos, so pena de acoso a sus familias, destrucción de sus propiedades y prohibición de ejercer su ocupación. Comerciantes, en su mayoría, que iban a ver sus puestos ocupados o destruidos si no se unían a la demanda de “el pueblo”.
Cuando todo esto pase, vamos a tener que aprobar una ley contra los bloqueos, y pobre del legislador que se oponga. Los ciudadanos la vamos a pedir y la asamblea la va a aprobar: no es posible pensar en la posibilidad de que esto pueda volver a ocurrir. Y no me vengan con que es “criminalizar la protesta”, eso no es necesario cuando la protesta ya es criminal.
La deshumanización de quienes bloquean deja como saldo, a la fecha, 12 muertes de forma directa y muchas otras de forma indirecta: enfermos que no tuvieron un tanque de oxígeno a disposición, individuos con restricciones alimentarias que no pudieron ser atendidos, personas cuya salud física y mental pendía de un hilo. Hay que dejar bien sentado que el derecho a la protesta existe y está garantizado, mientras no invada la frontera de los derechos fundamentales del ciudadano al libre tránsito, al libre comercio y en general, el derecho a vivir en paz.
Cuando todo esto pase, vendrá el recuento de los daños. Una economía que ya estaba en terapia intensiva sufre un bloqueo sistemático y perverso, maquinado por los mismos causantes de la crisis, para tratar de recuperar el poder que durante 20 años los emborrachó. Alguien tendrá que hacerse responsable.
Cuando todo esto pase, vamos a tener que recordar que, en todas estas semanas, las arengas de los que protestan fueron en contra de los neoliberales, el imperio, los yanquis, la gasolina basura, pero en ningún momento se mencionó la palabra “democracia”, porque querer tomar (o recuperar) el poder violentamente es lo más antidemocrático que existe. La derecha puede ser muy abominable, pero la izquierda no sabe perder elecciones (¡ahí te llaman, Petro!).
Ante todo, cuando esto pase, vamos a tener que tomar decisiones. Porque no se puede vivir así, sin poder vivir. No se puede despertar cada día con la certeza de no poder trasladarse de un punto a otro, de no poder comerciar, y de no poder conseguir leche para los hijos. No se puede vivir con la incertidumbre de saber si el día de mañana un grupo de violentos adoctrinados va a secuestrar una ciudad, de si un sector va a decidir ahogar a otro, o de si una minoría se va a atribuir la representación de los millones que participamos en un acto electoral.
Cuando todo esto pase, vamos a tener que hablar. Y va a ser una charla muy incómoda.

















































































