Existe una diferencia entre mentir y simular. El mentiroso conoce la verdad y la oculta. El simulador produce una realidad que reemplaza a la verdad y, con el tiempo, ni él mismo recuerda qué había antes.
En la Bolivia de hoy, la tentación de buscar un culpable en la superficie del juego de poder es ingenua; el patrón es demasiado exacto para ser personal. No es que el país elija mal a sus gobernantes. Es que el cargo mismo se ha convertido en un significante vacío, una posición que el sistema llena y vacía cíclicamente, independientemente de quien la ocupe.
El presidente no gobierna: representa la imagen del gobierno. La oposición no transforma: representa la imagen de la resistencia. Y los sectores que bloquean las calles no revolucionan nada: representan la imagen de un pueblo que exige. Todos cumplen su rol con absoluta convicción dentro de una obra cuyo guion nadie escribió conscientemente, pero que todos conocen de memoria.
Lo más inquietante no es la crisis económica o institucional, sino la precisión del ritual. Los bloqueos duran lo suficiente para producir escasez visible, pero no lo necesario para colapsar el sistema por completo. Las negociaciones se anuncian justo cuando la presión llega a su punto máximo; las treguas aparecen cuando el cansancio amenaza con disolver la movilización.
Todo ocurre como si hubiera un director de escena invisible que cuida que el espectáculo no termine. Porque si terminara, habría que enfrentar lo que no tiene imagen: la ausencia de un proyecto común.
Cortar carreteras se convirtió en el acto político más accesible y menos reflexivo. La mecánica es simple: un portavoz moviliza a una minoría con poder logístico para paralizar rutas estratégicas, interrumpiendo el comercio y el abastecimiento del resto de la población.
Lo perverso radica en su inserción perfecta dentro del simulacro: el bloqueo simula revolución cuando es teatro puro. Se ejecuta con dramaturgia insurreccional (barricadas, piedras y consignas) pero sin contenido transformador. Los bloqueadores no buscan derrocar el sistema; buscan incorporarse a él en mejores términos. No quieren cambiar las reglas; quieren que las reglas los favorezcan.
El simulacro boliviano no oculta una verdad incómoda. Oculta algo peor: que no hay verdad que ocultar bajo la superficie. Reporteros, analistas y el propio régimen relatan lo que perciben en las calles, pero nadie indaga si lo que contemplan es todo cuanto existe. Lo que acontece en el país en estos días no es el colapso de una democracia joven que algún día madurará; es la manifestación de la creciente distancia entre la imagen del poder y lo que el poder realmente hace, entre la representación y lo representado.
Al final, la pregunta que esta rutina nos deja no es de índole política; es más antigua y perturbadora: ¿es posible percibir una realidad que no sea simulacro? ¿Existe, bajo las capas de la crisis boliviana y de cualquier sistema de representación contemporáneo, algo que no sea ya una imagen desgastada de sí misma?
















































































