Los partidos se suceden y se parecen para Ousmane Dembélé, que no encuentra ni su sitio ni su papel concreto en la selección francesa, a años luz de sus brillantes actuaciones con el Paris Saint-Germain, coronadas con un Balón de Oro en 2025.
El delantero llegó al Mundial 2026 con un nuevo estatus, heredado de sus hazañas en el bicampeón de Europa y por tanto con nuevas responsabilidades.
Tras años y varios torneos importantes desempeñando un papel secundario con los Bleus, el ex del Barcelona, que inició su aventura internacional el 1 de septiembre de 2016 ante Italia, podía legítimamente aspirar a ganar galones e imponerse como uno de los líderes del grupo de Didier Deschamps.
Pero, por el momento, Dembélé, de 29 años, sigue buscando su sitio, y al seleccionador Didier Deschamps le cuesta dar con la fórmula adecuada para explotar al máximo las inmensas cualidades de su número 7.
En el PSG, Dembélé tiene un peso considerable en la construcción del juego y goza también de cierta libertad en su posicionamiento. En la selección francesa parece encorsetado, incapaz de soltarse, y cuesta incluso señalar un partido de referencia tras 60 apariciones con la camiseta azul, adornadas únicamente con siete goles.
Una estadística poco envidiable para un jugador de su calibre y dimensión, elegido el año pasado como el mejor del planeta.
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Timorato
Antes del comienzo del Mundial 2026, Deschamps había acudido en ayuda de su delantero, atribuyendo su bajo rendimiento con la selección a sus numerosos problemas físicos.
«Es cierto que Ousmane empezó pronto en la selección, pero ha sufrido muchas lesiones. Con el PSG, su Balón de Oro le da una gran visibilidad. Está muy concentrado, con la voluntad de estar muy bien y ser decisivo, como lo es con bastante regularidad en su club. Evidentemente, con un Ousmane a su máximo nivel será una ventaja», explicó el técnico el lunes, en la víspera del primer partido contra Senegal (3-1).
Pero este partido, que se suponía iba a ser una rampa de lanzamiento ideal para ver en acción al nuevo Dembélé, el que lleva dos temporadas haciendo brillar al PSG en el gran escaparate europeo de la Liga de Campeones, acabó siendo un auténtico fracaso para el «Mosquito».
Se volvió a ver al mismo jugador timorato y de influencia muy limitada con la camiseta azul, incapaz de estar a la altura de las expectativas dentro de un sector ofensivo francés llamado a arrasarlo todo durante este Mundial.
Ya fuera por el centro o por la derecha, su aportación fue bastante pobre, mientras que sus dos compañeros de ataque, Kylian Mbappé y Michael Olise, lograron soltarse tras el descanso gracias al acertado retraso en la posición del jugador del Bayern Munich por detrás del capitán.
Dembélé tuvo entonces que reubicarse en la banda, cediendo una vez más el protagonismo a sus dos compañeros.
«Ousmane está acostumbrado a jugar en la derecha ya estar bien arriba. En la derecha puede encarar. Michael, cuando se sitúa entre las dos líneas, defensa y centro del campo, en sus recepciones y con su calidad de pase, que permitió encontrar a los dos delanteros, ya fuera Kylian (Mbappé) o Désiré Doué o Bradley Barcola, nos hizo mucho bien», se justificó Deschamps tras el encuentro.
Irak… una oportunidad
Unas palabras que auguran un exilio duradero de Dembélé a la derecha.
Para colmo de machos para el astro del PSG, Barcola, con quien coincidió bajo las órdenes de Luis Enrique, encontró el camino del gol apenas dos minutos después de sustituirle en el minuto 80 del partido en el MetLife Stadium en East Rutherford (Nueva Jersey).
El seleccionador había instalado a sus hombres a estar «relajados» a la hora de enfrentarse a Senegal y Dembélé quizás necesite precisamente un clic psicológico con la camiseta azul.
Irak, rival al que Francia se enfrentará el lunes en Filadelfia, en la segunda fecha del Grupo I, podría ser el oponente idóneo para ayudarlo, por fin, a soltarse y lanzar de una vez por todo su Mundial.















































































