En medio de este aciago momento marcado por semanas de conflicto, incertidumbre y una creciente desesperanza, huelga preguntar a quién se hace referencia cuando se sugiere que esta crisis llegará pronto a su fin por simple agotamiento.
Cualquiera pensaría que se habla de quienes bloquean las rutas; pero, estando ya las cosas como están, la duda sobre si esa apuesta por el agotamiento está cernida sobre nosotros, crece a medida que pasa los días.
El tiempo, inexorable como es, enseña a fuerza de lecciones vitales que estar a tiempo suele ser una de las pocas leyes que realmente importan. Funciona para la vida, para los afectos y también para la política, donde existe incluso un anglicismo elegante para describirlo: timing.
En escenarios de conflicto, una acción oportuna puede marcar la diferencia entre administrar un problema y quedar atrapado dentro de él; entre corregir un rumbo y verse obligado, más adelante, a gestionar únicamente las consecuencias de no haber actuado cuando era posible hacerlo.
Hay una imagen conocida que ayuda a entender mejor lo que estamos viviendo. Cuando alguien no quiere enfrentar aquello que le incomoda, aquello que exige decisiones difíciles o conversaciones incómodas, empieza a esconderlo debajo de la alfombra. Al principio parece funcionar, después los bultos comienzan a acumularse y, finalmente, aquello que fue ocultado termina adquiriendo vida propia hasta devorar a quien creyó que postergar era una forma de resolver. Algo parecido ocurre cuando se intenta gobernar a destiempo.
Porque si algo caracteriza este momento es precisamente la acumulación y el desorden. Durante demasiado tiempo se fueron superponiendo conflictos que no se discutieron, tensiones que no se aclararon y decisiones que no se tomaron cuando aún tenían capacidad de producir algún efecto.
Cada conflicto quedó montado sobre el anterior, incorporando nuevas capas de complejidades, contradicciones y consecuencias, hasta conformar una estructura tan monstruosa difícil de comprender racionalmente y más difícil de procesar emocionalmente.
Por eso cada jornada asistimos a un desfile permanente de especialistas, analistas y ciudadanos intentando responder la misma pregunta: ¿y ahora qué? Y nadie puede ser taxativo (no hay cómo). No porque falten diagnósticos, sino porque hasta eso ya se ha agotado. Sabemos que la economía atraviesa dificultades profundas, sabemos que las instituciones penden de un hilo, sabemos que nuestra democracia se ha erosionado profundamente. Todo eso es ya nuestro nuevo sentido común nacional.
El problema es que muchas de las soluciones que hoy se discuten llegan cuando la realidad parece haber cambiado ya de fase y cuando los márgenes de acción son mucho más estrechos que los márgenes del conflicto.
Habitamos, en ese sentido, una Bolivia polar donde todos vienen perdiendo desde hace tiempo. Cada opinión se interpreta como una traición y cada intento de complejizar la discusión como una tibieza que no tiene cabida. Lo que empezó como una disputa política amenaza con transformarse lentamente en algo más profundo: una dificultad creciente para reconocernos como parte de una misma comunidad.
Y, si bien el Gobierno parece haber elegido abandonar la política, eso no implica que los y las bolivianas abandonemos nuestra sociedad. El bendito día en que este conflicto puntual termine, Bolivia seguirá ahí, del mismo modo que siguió aquí después de otras crisis que también parecían definitivas. Y mientras insistamos tozudamente en bregar por una responsabilidad compartida, que es la de evitar que la fractura nos rompa (más) el país que llevamos dentro, habrá un mañana (pese a todos los ayeres que no fueron).















































































