Un fantasma recorre Bolivia: el fantasma del indio. Todas las potencias de la vieja República se han unido en una santa inquisición para acorralarlo: el cardenal y el presidente, la Jeanine Áñez y el Carlos Mesa, los radicales de Santa Cruz y los indios malinchistas como el Fernando Untoja y la Sayuri Loza. ¿Qué partido político no ha sido acusado, en las últimas elecciones, de ser «masista disfrazado» por sus adversarios? Hasta al Doria Medina le han dicho masista. Y más allá de eso, ¿a quién no le han dicho «masista de mierda» por denunciar el racismo estructural? A mí, el último tiempo, me lo han dicho casi todos los días.
Ese insulto funciona muchas veces como eufemismo de «indio de mierda». Más que una adhesión política, nombra el miedo de una parte del país a que el sujeto racializado vuelva a tomar el poder. Mucho se le ha criticado al MAS el no haber permitido que surjan liderazgos creíbles y, en este tiempo de lucha social, mucho se ha extrañado un liderazgo sólido y de la lucidez que tenía, por ejemplo, Felipe Quispe, el Mallku. Este vacío de liderazgo ha costado las elecciones del 2025 con un precio grande. Por eso, después de la crisis, los movimientos sociales tienen el gran desafío de cuestionarse cómo volver a disputar el poder sin quedar atrapados en tres trampas: la simbolización del indio, el blanqueamiento del ascenso y la hegemonía de la clase media aspiracional.
Romantización
Tenemos a izquierdas y progresismos que ven al indio desde una idealización romántica; ven en él al salvador de la ecología, la espiritualidad y hasta la esencia misma del ser humano. Esta mirada, aunque se piense admirativa, también deshumaniza: convierte al indio en reserva moral, sin darle el derecho a ser contradictorio, a tener grises, a cometer errores.
Del otro lado está el prejuicio de quienes igualan sujeto racializado a masista y masista a encarnación del mal. Para estas personas, el indio no es un actor político autónomo; es una masa clientelar manipulada (solo basta recordar cómo Goni se sacudía la mixtura que le ponían muchos de sus votantes campesinos, mientras afirmaba con asco que esa mixtura en el cabello era la maldición del político en Bolivia). Si bien con casos opuestos, en ambos casos se reduce al indio a un símbolo: para unos, símbolo redentor; para otros, símbolo del desastre.
Los movimientos sociales se enfrentan a estas reducciones que terminan perpetuando al sujeto racializado en la subalternidad. Para Gayatri Spivak se trata no de que alguien «hable por» quienes no tienen voz, sino de que el subalterno debe aparecer como sujeto político irreductible. En Bolivia, tanto las izquierdas como las derechas hablan sobre el indio, sin dejarlo existir en sus distintos espesores. Capaz es momento de callar un poco más ante la palabra campesina y dejar de usarla como mero adorno de teorías marxistas o liberales.
Ascenso social
El segundo desafío es desmontar la norma del blanqueamiento como ascenso. Franz Tamayo, en la Creación de la Pedagogía Nacional, fue muy enfático en afirmar que el indio que se educa deja de ser indio y se convierte en mestizo. Ahí se ve con nitidez que la identidad del mestizaje nunca se propuso en Bolivia como una cuestión biológica, sino como un código ideológico de abandono de la indianidad. Aún hoy, migrar a la ciudad, estudiar, profesionalizarse, ascender económicamente siguen siendo leídos como formas de «dejar de ser indio».
Frantz Fanon ilumina para entender cómo el sujeto racializado vive una presión por asumir la máscara del dominante: busca hablar como él (pensemos en el conflicto que representa la pronunciación de la letra R), vestir como él, desear como él y despreciar la racialización propia. En nuestro país, esto es reconocible en nuestras propias historias familiares: abandonar la pollera, eliminar el aymara, eliminar las prácticas culturales. Todo para acercarse a ese concepto colonial de prestigio. Este tipo de ascenso sigue exigiendo el abandono de lo indio.
La tarea es dejar de ver en lo indio el atraso que hay que superar y asumir la indianidad en sus distintos espesores. Preguntarnos cómo ser indios sin caer en el esencialismo indigenista, cómo acompañar las luchas sin apropiarnos de ellas, cómo quitarse la máscara q’ara para hablar en primera persona. Si los movimientos sociales se conforman con abrir las puertas del ascenso sin desmontar el blanqueamiento cultural, las siguientes generaciones van a seguir creyendo que progresar es parecerse al mundo que las desprecia.
Clases medias
El tercer desafío, tal vez el más difícil, es ganar credibilidad ante la clase media aspiracional de las ciudades. Aquí hay un conflicto de hegemonía: ya no basta enunciar la verdad histórica de la violencia colonial, sino que hay que disputar otros entendidos. Esta clase media quiere orden, consumo, normalidad y, sobre todo, no quiere asumirse como clase trabajadora; quiere pensarse como clase alta latente y, por ello, tiende a ver la protesta social como amenaza a este deseo de ascenso. Le teme al bloqueo, sí, pero más a lo que el bloqueo le recuerda: su proximidad con eso indio que ha tratado de dejar atrás.
De ahí su predisposición a aceptar la propaganda del poder y a creer que todo manifestante es delincuente, terrorista y narco disfrazado. Además de su evidente racismo, esta clase vive rehén de un entendido colonial del prestigio que entiende a la movilidad social como aceptación del orden blanco y a la protesta como atraso (aunque quiere creer que está rehén de los bloqueos). Para construir una promesa creíble y tangible de país, los movimientos sociales deben disputar esta imaginación del futuro.
Basilia Catari fue muy enfática en explicar que en Bolivia debe gobernar un indio o una india: debido a la estratificación social del país, el q’ara siempre va a buscar irse al primer intento; el indio, en cambio, se queda. Pero tampoco se trata de poner a un indio en el poder solo por ser indio (si así fuera, bastaría cualquier rostro racializado para resolver el problema y todos sabemos que no es así). La crisis revela al país real: sus racismos, sus violencias, sus deseos de blanqueamiento y sus miserias de clase. El desafío final es convertir la irrupción social en institución de país y el bloqueo en construcción de horizonte.





















































































