La crisis política gravísima que vivimos evoca otras de parecido cariz en la historia reciente de Bolivia. La caída de Evo Morales en 2019, primero que nada, y luego las insurrecciones populares que en 2003 y 2005 derrocaron a dos presidentes neoliberales: Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa.
Tenemos entonces estos momentos de caos social y también el movimiento pendular de la sociedad que los causa. Élites que van hacia la izquierda, élites que van hacia la derecha, la pugna histórica por el tipo de modelo que debe regular la economía, la captura de excedentes y rentas, y también la participación de los distintos sectores sociales en el poder político.
Tras el trayecto de una a otra crisis, Bolivia parece llegar al mismo sitio del que partió. Veinte años de gobiernos neoliberales, dirigidos por unas determinadas élites políticas; veinte años de varios gobiernos estatistas dirigidos por otras élites (o, más bien, contra-élites) políticas, y ahora otra vez a recomenzar.
Unas élites salen y otras entran, más o menos dentro del marco democrático, pero no por medio de transiciones suaves, pactadas, pluralistas, sino marcadas por insurrecciones y masacres, y realizando revoluciones y contrarrevoluciones con las que se pretende “refundar” el país o impedir que tal cosa ocurra, una y otra vez. El sociólogo René Zavaleta decía que Bolivia es la Francia de Sudamérica, porque en ella la política se realiza de una forma “clásica”.
Un periodo es la negación del otro periodo y su dinámica y proyección surgen de esta negación: no se respeta lo dado y heredado, ni se lo continúa; no se hace política reformista sino holista, en un incesante recomenzar. Cada cambio se celebra con un tendal de perseguidos y presos del bando opositor.
Esta falta de un consenso general, este andar desandando, son la expresión sobre el tiempo histórico de la heterogeneidad de la sociedad boliviana. Una parte de la sociedad es indígena, la otra, no-indígena, lo que a menudo significa anti-indígena. Una parte del país, el noroeste, se inclina por la economía extractiva. El sureste, en cambio, es agroindustrial. La principal riqueza nacional es la del noroeste: gas y minerales. Allí el capitalismo es de enclave (por tanto, convive con las comunidades), mientras que en el sureste resulta más integrado y homogéneo (aunque las comunidades tiendan a trasladarse hacia allá).
Una parte de la población busca el control de esta riqueza por parte del Estado, ya que así ella se beneficia de las rentas estatales. Otra parte, en cambio, se beneficia de una ampliación de los mercados privados, pues esta le permite emprender y acumular. La gran burguesía y la alta gerencia bolivianas son completamente no-indígenas. Los sectores populares solo encuentran múltiples vías de movilidad social en el campo de la política.
Todo esto se traduce, en economía, en la existencia de una “fuerza centrífuga”, que apuesta a la conexión con el mundo, la atracción de inversión externa, la exportación de materias primas; y de una “fuerza centrípeta”, que apuesta a la reinversión y la redistribución, al crecimiento del mercado y la industrialización (aunque esta siempre le resulte elusiva).
Todos estas contradicciones son las que agotan las energías nacionales: lanzan al país a revoluciones versus contrarrevoluciones, destruyen las instituciones, que deben ser rehechas en periodos relativamente cortos, sin tiempo para enraizar.
El ciclo de transformaciones políticas y socioeconómicas que comenzó con el siglo y se consolidó hacia 2009, fue un segundo tramo de la Revolución Nacional de 1952, en el que nuevos sujetos sociales replantearon las “banderas de Abril”, arriadas progresivamente por los eventos históricos derivados de su relativo fracaso, el cual fue completamente patente a comienzos de los años 80.
La oscilación del péndulo, entonces, como se ve, ha sido, en realidad, más amplia. Unas élites (“decentes liberales”) desde 1872 hasta 1938; unas contra-élites (“mestizas nacionalistas y estatistas”) desde 1938 hasta 1985. Desde este último año, la vuelta de los liberales. Y luego, tras la caída de Goni en 2003, el retorno, con más fuerza autóctona, del nacionalismo estatista. Hasta que este implosionó el año pasado.
El del MAS no fue un proceso socialista, pues no buscó estatizar los medios de producción privados bolivianos. Denunció pero no superó las desigualdades históricas heredadas por la posesión por parte de ciertas clases sociales y de ciertos estamentos étnico-raciales de la mayor parte de los capitales (financieros, productivos –tierra y medios de producción–, culturales, educativos y simbólicos).
Sin embargo, al asignar al indígena el papel de sujeto social primordial de la nueva fase revolucionaria, cuestionó la equivalencia existente a lo largo de la historia boliviana entre la pertenencia a las clases medias tradicionales y al grupo de estatus que se auto-identifica como “blanco” o “no indígena”, por un lado, y la participación en las élites políticas, por el otro. De esta manera, el MAS cambió la correlación de fuerzas étnico-raciales del país y ofreció un camino más expedito al ascenso económico y al “blanqueamiento” de los indígenas y los cholos urbanos. Un camino que parece haberse cerrado con la salida de este partido del poder (son los efectos visuales del péndulo).
Hoy, tras la llegada de las elites “centrífugas” al Palacio Quemado, las contra-élites y las masas “centrípetas” están en las calles y los caminos. El péndulo sigue operando e inviabilizando la construcción de un proyecto nacional de largo plazo. Inviabilizando, en definitiva, al país.
La esperanza de que aquietemos el péndulo y alcancemos el centro, diseñando un modelo que sepa recoger las necesidades y aspiraciones de ambas Bolivias o, para decirlo mejor, que sepa promover y lograr los pactos entre la una y la otra, dentro de un proyecto de beneficio común, siempre existirá, pero no es realista en el corto plazo.
La conclusión que sacamos de lo que pasa estos días es que aún no sabemos cómo impedir los bandazos de un extremo a otro, y, por tanto, que nuestro discurrir nacional siga dándose por medio de la revolución y la contrarrevolución, la revuelta y la masacre. No sabemos cómo dejar de ser “clásicos”.














































































