En el campo del psicoanálisis, el “goce” no es tanto el placer como la repetición. Es decir, la pulsión que se repite, el continuo retorno de lo reprimido, como volver a beber o fumar después de haberlo dejado por años. Hay goce en estas repeticiones, o sea placer mezclado con vaciamiento y angustia.
Según Jacques Lacan, todo goce es corporal, incluso cuando la repetición parezca ser puramente emocional: volver con el “ex” violento, reproducir por enésima vez la misma pelea con la madre. Incluso estas conductas terminan en el cuerpo, encuentran una respuesta (mixta: recompensa y castigo) en él.
El goce es un tipo de satisfacción idéntico al que ofrece el consumo de cosas. La compra, el uso y la destrucción de mercancías son la repetición (diaria, semanal, etc.) predominante de nuestro tiempo, pues en él se promueve activamente. Constituye el núcleo del capitalismo expansivo en el que vivimos, que ya no practica las restricciones al consumo que necesitaba en su etapa de acumulación originaria.
Antes, los seres humanos vivían en una civilización de la represión. Hace tiempo que hemos entrado en la civilización de la repetición, que produce, usa y desecha cosas ad nauseam. Las mercancías actúan como si estuvieran bajo la “maldición Gemino”, el encantamiento de la duplicación de Harry Potter.
El motor de esta producción, distribución y consumo incesantes, circulares, es la búsqueda frenética de la satisfacción, con una nota de malestar neurótico, de los cuerpos. Queremos consumir, nos remuerde consumir, insistimos en consumir y así cíclicamente. La nuestra es una civilización, entonces, del goce.
Marx sostenía la estructura del capitalismo sobre la piedra basal del plus valor o valor sin paga del que se apropiaba el burgués. Lacan asienta la estructura del capitalismo sobre el “plus de gozar”. Ya sabemos que el goce es una pulsión que se repite. El “plus de gozar” es la pulsión de sentir esta pulsión, una pulsión al cuadrado. Es la duplicación del hechizo de la duplicación.
Véase cómo opera el plus de gozar en el Mundial. Tradicionalmente, había un país anfitrión. Ahora son tres, Estados Unidos, México y Canadá. Esto ha significado tres ceremonias de apertura, tres mascotas, tres formas de transmisión televisiva. La mera repetición no bastaba, había que multiplicar lo que se repetía. Igual que ya no es suficiente tener una neurosis amorosa, se necesita una neurosis poliamorosa. Ni basta con que los chicos tengan una ceremonia de graduación; deben tener una después de cada ciclo o, si es posible, de cada grado.
El fútbol es (¿o era?) un deporte de dos partes de 45 minutos cada uno. Desde hace tiempo que la FIFA quiere convertirlo en un deporte de cuatro partes, para poder poner más anuncios televisivos que impulsen a las masas al plus de gozar. Hasta ahora no había podido por la vía del convencimiento, ya que siempre existe la posibilidad de la resistencia (o dejaríamos de ser humanos). Así que ha apelado al engaño: introdujo las “pausas de rehidratación”, que son el pretexto (ya que se aplican con cualquier clima y con una periodicidad que en un tiempo más será exacta) para darle a los dueños de los canales de tv un plus de valor y a los televidentes un plus de gozar.
Que el invento desnaturalice el deporte mismo no le importa a la FIFA, porque no hay ninguna alternativa, igual que no la tenemos en el consumo en general. Estamos acostumbrados a que fuerzas externas incontrolables por nosotros nos dicten cómo consumir en busca de una satisfacción imposible porque lo que moviliza el deseo no es el objeto (que queda arrumbado apenas se adquiere), sino la eterna falta. Así que probablemente el fútbol “yanquificado” de los cuatro cuartos se vaya a imponer y todos tengamos –en especial los equipos, claro– que lidiar con sus consecuencias e inconvenientes.
Pero no es por esto que me he impuesto a mí mismo la obligación de boicotear este Mundial, es decir, de no verlo, como una acción mínima de resistencia (que no afecta a nadie más que a mí mismo, como al final son la mayoría de las que tomamos frente a la civilización del goce). Este mi boicot personal funciona igual que la terapia, que nunca resuelve nada pero siempre sirve. Le sirve al sujeto para seguir tirando, para poder resistirse a su síntoma, que al final es lo único que puede hacer.
La causa de mi decisión, decía, es otra. Reside en que este es además un Mundial racista, que ha discriminado y sigue discriminando a los africanos y en particular a los iraníes, y que por tanto se ha cargado de un tinte trumpista y ultraderechista que me resulta intolerable.
Quizá “la pelota no se manche” con la comercialización del fútbol, como se suele decir, pero la pelota sí que sufre los efectos de una competición en la que algunos equipos tienen desventajas respecto de los otros solo porque generan aversión en uno de los gobiernos anfitriones.
Es obvio que nadie va a seguirme. Pero una decisión ética siempre es personal. No tiene otro objetivo que hacer una declaración, lo mismo que escribir este artículo. No quiero ser cómplice del racismo, ni del que hacen gala actualmente muchas víctimas de los bloqueos, con sus pedidos de matar indios, ni del racismo de Trump. Me resisto. Digo no.
Proviene de mi formación infantil cristiana el que sienta que la dificultad que entraña el cumplimiento de este gesto lo haga más valioso. En realidad, es el mismo mecanismo del goce, pero sublimado.














































































