Bolivia cumple casi cincuenta días de conflicto. Según cifras oficiales, las pérdidas económicas superan los $us 2.500 millones. Una docena de personas han muerto. En el punto más agudo, más de 100 puntos de bloqueo cortaban rutas en ocho departamentos a la vez. Los hospitales de La Paz declararon emergencia por falta de oxígeno. Pero detrás de esas cifras hay algo que los reportes de transitabilidad no miden: el deterioro de la confianza entre bolivianos. El daño que no se ve en las carreteras sino en las relaciones.
Ana Lucía Velasco es politóloga especializada en psicología política. Analiza la crisis desde sus capas más profundas. Su diagnóstico no absuelve a ningún bando, más emerge una lectura crítica de una realidad que no queremos ver o intentamos solapar. «Tienes un gobierno sin legitimidad y una sociedad civil organizada también sin legitimidad, totalmente agotada», dice. «Es una situación en que todos pierden. No hay nadie que pueda decir que es el gran ganador de toda esta contienda”.
La desconfianza
Los bloqueos están cambiando nuestra forma habitual de ver las cosas. Por ejemplo, un paceño decide ir a pie. No porque sea lejos, sino porque los minibuseros «están trameando» y subirse a uno se siente como cruzar una línea. En el mercado, hay una casera a la que ya no le compran porque subió los precios la semana pasada. En la mesa de una familia transportista, un pariente que trabaja en el gobierno se ha vuelto, de pronto, sospechoso. No hizo nada nuevo. Solo trabaja donde trabaja. Pero eso, en estos días, alcanza.
La fractura no es solo paceña. En Santa Cruz, productores que quieren trabajar se encuentran sin condiciones para hacerlo. Prefieren no intentarlo antes de ver su esfuerzo trunco por un bloqueo. El temor es real porque las pérdidas son reales y el daño económico corre por cuenta de ellos. La desconfianza entre campo y ciudad, entre el oriente y el occidente, entre el mundo rural movilizado y el mundo urbano bloqueado, se ha profundizado con una velocidad que sorprende incluso a quienes la estudian.
Velasco señala que Bolivia siempre tuvo baja confianza institucional. Eso no es nuevo ni exclusivo de esta crisis. Lo que históricamente compensó esa desconfianza hacia el Estado fue una confianza interpersonal relativamente alta: la comunidad, el barrio, la red de ayuda mutua. «A falta de un Estado que me proteja, me protege mi comunidad”. En la pandemia eso se vio con claridad: los hospitales colapsaron, pero la gente organizó quermeses, recolectó dinero, se cuidó entre sí. «La gente ayudando a la gente lograba generar una especie de equilibrio para que hubiera todavía sociedad, independientemente de si quienes nos gobernaban lo hacían bien o mal”.
Polarización en Bolivia
Lo que la polarización hace, y lo que esta crisis está haciendo con una rapidez inusual, es corroer ese segundo nivel. «Ya no sé si puedo confiar en mi vecino. Tengo un tío que es funcionario público, entonces es pitita. Inclusive esas pequeñas transacciones de confianza que se daban día a día se vulneran, se quiebran”. No son metáforas. Son síntomas de una brecha que crece.
Hay, sin embargo, una señal que Velasco lee con cautela, pero sin descartar. En La Paz, la narrativa del «todos son lo mismo» está empezando paradójicamente a reunir a vecinos que estaban en bandos opuestos. «Se está recomponiendo algo por ahí. Pero este es el dilema del tejido social: no es fácil romperlo, y reconstruirlo puede tomar años. Hay señales alentadoras, pero si no se les da un apoyo fuerte y real, puede que no pasen de la anécdota”.
Legitimidades
Rodrigo Paz ganó la presidencia con el 32% en primera vuelta y el 55% en segunda. Nadie impugnó seriamente los resultados. Hubo intentos de instalar la narrativa del fraude, pero no prosperaron. Tenía, en términos formales, toda la legitimidad que una elección puede conferir. Lo que no tenía, y que la crisis ha hecho evidente, es legitimidad en el ejercicio mismo del poder.
Velasco distingue con precisión entre ambas dimensiones. La legitimidad de jure, la que emerge del proceso electoral, estaba intacta. La legitimidad de facto, la que se construye o se destruye en la gestión cotidiana, es otra cosa. «A veces te confías en que la legitimidad electoral te asegura la gobernabilidad por los cinco años siguientes. Y eso no ha sido así”. La luna de miel, dice, duró poco. Y su fin no fue gradual sino abrupto, precipitado por decisiones que el electorado leyó no como limitaciones de la realidad sino como traiciones deliberadas.
Hay además, según Velasco, una lectura equivocada del país detrás de esa confianza. Paz parece haber asumido que Bolivia funciona como una democracia liberal consolidada, donde el ciudadano que se siente defraudado espera el siguiente ciclo electoral para expresar su descontento. «Sabemos que aquí la calle tiene su propio proceso democrático. Ha sido una falta de lectura de cómo funciona la política en Bolivia”.
Promesas rotas
La erosión de la legitimidad de facto no fue abstracta. Tuvo mecanismos concretos. El desgaste inició antes de que comenzaran los bloqueos. Empezó con las promesas. Paz dijo que no iría al FMI, prometió eliminar la renta a los expresidentes, eliminar la Aduana, entre otras cosas. Luego de jurar al cargo, hizo lo contrario. La velocidad del giro fue tan notable como el movimiento mismo. «No es solo que no puedas cumplir algo que tomaría tiempo», explica Velasco. «Es que ese cambio de postura ha sido tan veloz que automáticamente minó su legitimidad”.
Pero la promesa más costosa fue la que organizó toda la campaña: la corrupción como causa única de la crisis. Paz y Lara le dijeron al electorado que había dinero, que el problema era que se lo robaban, que con honestidad y orden alcanzaría para todos. «La verdad honesta y pura es que no había dinero. Entonces cuando ya entras al poder y le has hecho creer a la gente que ahora vas a empezar a repartir bien las cosas, no tienes nada que repartir”.
La gente aceptó a regañadientes el retiro parcial del subsidio a los combustibles, pero luego vino la gasolina de mala calidad, con miles de vehículos dañados. Hubo diversas explicaciones oficiales que no convencieron. En el tiempo, esto pasó a «no solo me ha engañado, sino que además me han fregado el auto porque la gasolina me lo ha destruido”. A eso se sumó que el resarcimiento prometido a los afectados quedó trunco para quienes tenían autos en situación irregular, los mismos a quienes el gobierno había prometido regularizar. La sensación de tomadura de pelo, dice Velasco, fue acumulativa y concreta.
Velasco señala que, en otro contexto económico, con algo más de holgura, el electorado quizás habría procesado la sensación de engaño con menos explosividad. La vida cotidiana habría continuado. Pero la crisis económica heredada no exculpa a Paz, dice. Él sabía perfectamente qué estaba heredando.
Organizaciones sociales en crisis
Frente al gobierno están los sectores movilizados. Son heterogéneos, y esa heterogeneidad importa para entender tanto la potencia de la movilización como sus límites. Un primer grupo lo conforman comunidades campesinas e indígenas que se sienten excluidas, sea de esto justo o no. Son poblaciones rurales del altiplano paceño, federaciones de las 20 provincias, sectores que perciben en el gobierno de Paz no solo una traición programática sino un retorno a formas de exclusión más antiguas. Su movilización es la más arraigada y la menos negociable.
Un segundo grupo reúne a sectores con demandas sectoriales concretas: la COB, los mineros cooperativistas, los transportistas afectados por la escasez y la mala calidad del combustible. Varios de estos sectores ya han ensayado negociaciones con el gobierno, con resultados parciales. Un tercer grupo opera con lógica política más explícita. Entre ellos, principalmente el evismo, señalado por el gobierno como instigador de la radicalización y que ve en la crisis una oportunidad de recuperar protagonismo.
Contradicciones
Esa diversidad generó, en las primeras semanas, una potencia difícil de ignorar. Pero también generó sus propias contradicciones. Las organizaciones sociales populares e indígenas llegaron a esta coyuntura ya fracturadas. Las pugnas internas del MAS los habían dividido y desmantelado durante años. Y las dirigencias, según Velasco, mintieron a sus bases: hablaron de privatizaciones del agua y los recursos que no ocurrieron. Además, les prometieron volver a ser el sujeto histórico que fueron en 2003. «Han llevado estas manifestaciones y estos bloqueos a un extremo tal que no solo han agotado a las bases, sino que se ha hecho muy evidente la manipulación de los dirigentes con su propia gente”, observa.
El costo fue simbólico y por eso más difícil de reponer. Lo que le daba coherencia y legitimidad a esos movimientos era una épica: ser la fuerza que enfrenta las injusticias del Estado en Bolivia. Esa narrativa se invirtió cuando los bloqueos empezaron a matar indirectamente, cuando las ambulancias no pudieron pasar, cuando los enfermos no llegaron a tiempo. «Ya no era el militar o el policía el que salía a hacer daño a la población, sino ellos mismos. Han destruido inclusive eso que le daba todavía algo de coherencia a los movimientos sociales: la épica de ser ese sujeto histórico en contra de las injusticias del Estado”, anota Velasco.
(Des)confianza institucional en Bolivia
Bolivia lleva décadas operando con las mismas tecnologías políticas: partidos sin proyecto real, lógicas sindicales donde la organicidad derivó en autoritarismo, intercambios de favores disfrazados de representación. El MAS fue el último partido que funcionó con cierta estructura. Se fracturó entre 2020 y 2025, y en las últimas elecciones ya no existía como tal. Los demás son, en palabras de Velasco, siglas sin proyecto, sin cuadros, sin historia propia.
Paz gobernó con una sigla prestada, lo que en la práctica significó gobernar endeudado: con ministros cedidos por Samuel Doria Medina, con una bancada que en parte respondía al PDC y en otra parte a Edmand Lara, con quien la relación se deterioró desde temprano. «Al tener una sigla prestada tiene que pagar muchas deudas. Tiene tantos frentes internos que atender que seguramente no puede gobernar el país porque todavía no puede gobernar ni su propio gobierno”.
Eso explica, según Velasco, la comunicación errática del Ejecutivo: las contradicciones entre ministros, las idas y venidas en las posiciones públicas, la sensación de un gobierno que no sabe lo que quiere de un día para otro. «Comunican tan mal porque no tienen algo concreto que comunicar. Tienes cuatro o cinco frentes adentro, cada quien quiere comunicar lo suyo y no los puedes controlar a todos. No hay un liderazgo central y fuerte”.
El problema, agrega, no es exclusivo de Paz ni de este gobierno. Es el reflejo de un sistema político que hace años dejó de gestar proyectos y cuadros. «Lo mismo le hubiera pasado a cualquier otro. Tal vez el caso más dramático es el de Rodrigo Paz, pero igual no tienen partidos, igual no tienen cuadros. Es un reflejo del fracaso del sistema de partidos: no hay ninguna estructura política en Bolivia gestando un proyecto a largo plazo”.
Una ventana al fondo
Las crisis profundas tienen una propiedad que los análisis de coyuntura suelen ignorar: obligan a revisar no solo quién gobierna sino cómo se gobierna. Esta crisis, dice Velasco, ha llevado el modelo político de Bolivia al límite visible. «El haber llegado a este extremo nos está obligando a pensar en nuevas formas de hacer política”.
Usa el concepto de ventana de Overton para describir lo que se ha movido. Antes era difícil cuestionar públicamente las lógicas sindicales sin sonar radical. Antes la forma instrumental de hacer política partidaria se aceptaba como «la política real». Ahora esas críticas circulan sin escándalo. «La oportunidad que tenemos ahora es cambiar la baraja. Cuando volvamos a barajar, barajemos con nuevos proyectos políticos. Ha sido muy evidente, tanto desde la derecha como desde las izquierdas, que los candidatos se lanzaron de forma improvisada. Sin proyecto en un momento tan crítico del país”.
Pero Velasco es cuidadosa con el optimismo. La ventana abierta no es garantía de nada. «El hecho de que se haya abierto la ventana no significa que vaya a haber una transición. El gran reto de nuestra época es construir liderazgos novedosos, entendiendo que hemos cambiado como sociedad. Ya no somos la Bolivia de 2003”. Y añade una advertencia que no deja lugar a la complacencia. «Uno ve países como Afganistán, Irak o Haití: pueden estar años y años en estos procesos sin que decante nada”.
Lo que queda, cuando se apagan los bloqueos y se levantan las piedras de las carreteras, no es solo una economía dañada ni unas instituciones más débiles. Es una pregunta sobre si los actores políticos de este momento son capaces de leer lo que está pasando con la profundidad que requiere. Velasco no lo da por sentado. «Quienes estén liderando espacios políticos hoy tienen que entender que han nacido en un momento histórico que, o lo aprovechan, o la oportunidad no se va a volver a dar en su tiempo de vida política”.



















































































