El vino boliviano tiene una particularidad que ningún competidor regional puede igualar: nace donde otros países ni siquiera empiezan a contar la altura. Mientras en el mundo se considera «vino de altura» a partir de los 500 o 600 metros sobre el nivel del mar, en Bolivia la vitivinicultura arranca en los 1.500 metros. Llega hasta los 3.000, en los valles de Tarija, los Cintis, Samaipata y algunas zonas de La Paz, Potosí y Cochabamba.
Esa altitud extrema —sumada a una radiación solar mucho más intensa— concentra antioxidantes, aromas y color. Es una característica que en ningún otro terruño del planeta se replica. Es, según los enólogos, la explicación técnica detrás de un fenómeno que hasta hace pocos años no era parte del panorama habitual: que el vino boliviano empiece a ganar medallas en los concursos más exigentes del mundo.
Reconocimientos
Luis Fernando Guzmán conoce ese fenómeno de cerca. Es embajador del Concurso Mundial de Bruselas y representante de varios certámenes internacionales. Explica que se tarea es la de llevar muestras de vino boliviano a competir contra etiquetas de todo el planeta. El resultado de esa gestión habla por sí solo. «Ya puedo decir que tenemos acumuladas más de 200 medallas en los últimos dos a tres años. Ha sido una gestión mía, pero ha sido gracias a los buenos productos de los bodegueros bolivianos».
Ese ascenso internacional tiene su vitrina local en el Wine Fest. El festival viene marcando desde 2018, según Guzmán, «el antes y el después en la cultura del vino en La Paz». El crecimiento del público es elocuente: de las 600 personas que asistieron en su primera edición a las 5.000 que se tiene proyectado para este año. Es un público que ha aprendido mucho», detalla.
«Antes no se sabía siquiera cómo agarrar la copa, diferenciar variedades. Ahora hay gente que compra el pase de los tres días y hace rondas: un día para el vino blanco, otro para los rosados, o para el singani».
Ese crecimiento del público tiene su correlato en la escala del evento. La séptima versión del Wine Fest, prevista para el 20 al 22 de agosto, cambia de sede: se traslada del centro paceño al Campo Ferial Chuquiago Marka. «El centro quedó chico, la verdad», resume Guzmán. La nueva locación ofrece más parqueos, más seguridad y mejores condiciones tanto para expositores como para visitantes. Responde además a una demanda concreta: una lista de espera de productores que buscaban sumarse al festival. El resultado es una edición con más de 50 expositores, entre bodegas de Tarija, Samaipata y los Cintis, importadores y productores de quesos y jamones.
Vinos con personalidad
Pero el crecimiento en escala no es, para Guzmán, la carta que Bolivia debe jugar de cara al mundo. «Nosotros no vamos a competir en volumen, nunca. Tenemos vecinos que producen muchos litros de vino, muchas hectáreas de viñedo, y nosotros por condiciones geográficas no vamos a tener eso». La apuesta boliviana, sostiene, está en otro lado: en las cepas criollas que no existen en ningún otro país. «Cuando se hacen probar a expertos internacionales, ellos las aman y respetan muchísimo y dicen: ¿qué es eso?».
Ese argumento —calidad antes que volumen— conecta con el desafío estructural que enfrenta el sector: la ausencia de acuerdos comerciales que faciliten la exportación a mercados como Estados Unidos, Europa o Asia deja al vino boliviano en desventaja frente a Argentina y Chile, que sí cuentan con esos tratados. Mientras esa ecuación no cambie, la estrategia pasa por lo que Guzmán resume como el próximo salto pendiente: llegar a «ciertos estándares o restaurantes más sofisticados que sepan entender el vino boliviano y pagar por lo que es la calidad». El Wine Fest, con su nueva escala y su nueva sede, funciona como plataforma de ese objetivo: convertir la singularidad del terruño boliviano en un argumento comercial tan sólido como ya lo es en el paladar.





















































































