Pasar de comentarista radial y televisivo, entre gritos e insultos escénicos, a presidente exige suerte considerable. Pero hacerlo prometiendo arrasar con la corrupción de las “ratas miserables” y los “zurdos de mierda”, para acabar rodeado de indicios graves de corrupción y premiando a quienes llamaba engendros de la casta, exige una aleación menos confesable. Requiere un liderazgo mercenario, capaz de cruzar normas sin pudor; varias vidas del gato para sobrevivir a cada escándalo, y la construcción calculada de un loco lúcido, una criatura de la desmesura que convierte el desborde en prueba de autenticidad.
Pero un personaje así no se sostiene solo por su audacia. Necesita un país dispuesto a mirar de lado. Una sociedad a la que tantos años de descreimiento, irresponsabilidad económica y corrupción kirchnerista parecen haberle rebajado la vara moral hasta reducirla a una pregunta elemental sobre quién garantiza unos meses de respiro, quién mantiene en pie la ficción de una prosperidad, aunque sea prestada.
Porque la calma existe. Negarlo sería torpe. Javier Milei devolvió cierta previsibilidad, ajustó el gasto, reabrió expectativas de inversión y sofocó la inflación. No son logros menores en un continente acostumbrado a gobiernos que compran fervor con déficit y lealtades con mentira monetaria. Sería deseable celebrarlos sin reservas.
Pero detrás de la normalización económica asoma una prosperidad contingente y vulnerable. La alimentan los dólares de una coyuntura internacional favorable, las buenas cosechas, los mejores precios agrícolas y las inversiones en petróleo y gas. También una moneda sobrevaluada que acumula las vulnerabilidades de la vieja fórmula gatopardista, de postergar lo incómodo, evitar lo estructural y dejar que la ilusión funcione. Basta recorrer la mítica Gran Vía de Madrid para advertirlo. Uno de los acentos más notorios es el argentino. Y no porque estén buscando trabajo. Están de vacaciones, esa forma extrañamente indolora de padecer los rigores del ajuste fiscal.
Las estadísticas no dejan lugar a dudas. La balanza turística de 2025 cerró con déficit histórico. Los argentinos gastaron 12.072 millones de dólares en el exterior, mientras el país recibió apenas 4.852 millones por visitantes porque, con una moneda sobrevaluada, el país es caro para producir y hasta para hacer turismo. Como los números no acompañaban el relato, el gobierno interrumpió el financiamiento de métricas turísticas clave.
Esa anestesia económica explica parte de la supervivencia política de Milei. Así se entiende que, en julio de 2024, repitiera con teatralidad que “si te agarro robando te corto la mano”, y que, aun así, sobreviviera a las legislativas del 26 de octubre de 2025 tras quedar rozado por dos sombras demasiado obscenas para un redentor anticasta. Para entonces, los indicios de su eventual connivencia con los creadores de la criptoestafa $LIBRA, que él promocionó en febrero, ya eran elocuentes. También los que señalaban a su todopoderosa hermana, Karina Milei, como presunta destinataria de coimas en las compras amañadas de medicamentos para la Agencia Nacional de Discapacidad.
Tan fugaz podía ser la recuperación económica, recordaron el mercado y el rescate de Donald Trump y Scott Bessent, que el temor a un descalabro terminó revirtiendo el mal resultado del presidente en las elecciones bonaerenses de septiembre de 2025. Y como la fortuna suele abrirle rendijas, la separación entre comicios le regaló a Milei un mes decisivo para dramatizar la amenaza kirchnerista, convertir la derrota provincial en advertencia nacional y transformar las legislativas de octubre en un plebiscito sobre su gobierno.
Una supervivencia así, en todo caso, no descansa solo en la fortuna electoral ni en la anestesia de un país que viaja y cuenta dólares. También necesita una justicia que demuestra que las causas avanzan o se duermen según la temperatura del poder.
El juez Marcelo Martínez de Giorgi lo recordó el pasado 3 de julio con un fallo de audacia insólita. Apartó a los querellantes del caso $LIBRA porque no habían probado de antemano su condición de perjudicados, la titularidad de sus billeteras, el origen de los fondos y el nexo causal con el derrumbe de un activo que, para mayor comodidad del razonamiento, era además de alto riesgo. El movimiento fue casi limpio, casi elegante. No cerró la causa. Invirtió la carga de la prueba al exigir a los ciudadanos lo que correspondía esclarecer al Estado antes de definir si aquello fue una operación especulativa fallida o una estafa. Aplicada con celo, en adelante habrá que resolver el hurto antes de denunciarlo.
Lo demás pertenece a la vieja obsecuencia judicial argentina. Un juez como Martínez de Giorgi, cuya esposa espera confirmación del gobierno para ocupar un juzgado federal; un fiscal como Eduardo Taiano, con un hijo nombrado en una dependencia del Ejecutivo. Y allí, una causa que, después de año y medio, arrastra los pies pese al presunto acuerdo de cinco millones de dólares por el respaldo presidencial a la criptoestafa, a las múltiples llamadas entre Milei y uno de los implicados en los minutos previos al lanzamiento de $LIBRA, a las comunicaciones con Karina Milei y otros funcionarios, y a transacciones millonarias todavía sin explicación.
El problema es que la sinuosidad tiene precio. No se paga durante el sopor ni en medio del festín, sino después, cuando queda a la vista una sociedad sin en quién creer, más rota y dispuesta a lanzarse al primer demagogo que aparece.

















































































