Mientras el tipo de cambio oficial se situaba el pasado jueves en Bs 10,10 por dólar físico, su equivalente digital cotizaba entre Bs 10,47 y 10,51. Así lo reflejaban tanto la información del Banco Central de Bolivia como las plataformas de referencia que siguen las operaciones con criptomonedas estables, respectivamente. La brecha, de alrededor de 4%, condensa la situación del mercado cambiario boliviano: la escasez de dólares físicos continúa. La banca aún no recupera plenamente la confianza del público y los retiros en divisas siguen sujetos a limitaciones. En ese escenario, las stablecoins se mantienen como una alternativa real para pagos dentro y fuera del país.
Dante Rivadeneyra, economista, docente de la Universidad Mayor de San Andrés y especialista en economía digital, considera que la devaluación del boliviano operó como un ajuste inevitable. «Es el sinceramiento de la economía: no hay otra forma en este momento de dar el valor que el mercado le asigna a la divisa», señala. «Más allá de que alguien siempre va a sentir que paga más, es un cable a tierra».
Dos grupos de usuarios
El impacto del nuevo tipo de cambio sobre el comercio digital no fue uniforme. Rivadeneyra identifica dos segmentos entre los consumidores. El primero ya operaba total o parcialmente al tipo de cambio paralelo mediante billeteras cripto. Se adaptó pronto ante la insuficiencia de los montos autorizados por la banca para compras en el exterior. El segundo, de compras pequeñas —de $us 20 a $us 40, repartidas entre dos o tres tarjetas de distintos bancos—, se mantenía en el canal oficial.
«Los que más lo han sentido son estos últimos, que probablemente sean un grupo menor que el que utilizaba el paralelo», explica el especialista. Como contraparte, desaparecieron los topes que restringían las compras por internet en el exterior pagadas con tarjeta: «Ya no hay esa restricción en la disposición de los montos», apunta.
Banca tradicional
Esa misma segmentación fundamenta una tesis contraintuitiva. El sinceramiento cambiario abre a la banca tradicional la posibilidad de recuperar participación frente a los instrumentos alternativos. Rivadeneyra observa que quien mantiene una relación de larga data con su banco —ahorros, sueldo domiciliado, tarjetas— tenderá a volver a ese canal por confianza y costumbre. Más aún ahora que el tipo de cambio único eliminó el incentivo de arbitraje.
El propio economista introduce el matiz: la banca «ha perdido parte de esas transacciones, cediéndolas a métodos alternativos que se han presentado en estos últimos dos o tres años». Y la tendencia global apunta hacia la digitalización de los pagos, un terreno en el que la banca tradicional puede adaptarse o alejarse de sus clientes. Para Rivadeneyra, la disputa es saludable. «Los instrumentos que vienen del mundo cripto son una competencia para el sistema financiero, y la competencia es sana», afirma. Aunque advierte que la misma debe estar sujeta «a una gestión integral de riesgos».
Educación financiera
Hacia adelante, el economista anticipa presión alcista sobre el tipo de cambio, con episodios especulativos potenciados por la coyuntura. Además, cita un componente estructural: la habilitación a los privados para importar combustibles eleva la demanda de divisas. Esto importa porque la oferta de dólares no ha variado sustancialmente. El eventual equilibrio, estima, dependerá de la cantidad de moneda extranjera que el Gobierno consiga vía endeudamiento externo.
En ese contexto, las familias con capacidad de ahorro atesoran valor en dólares físicos o en stablecoins como USDT y USDC. Rivadeneyra evita las recomendaciones de inversión, pero deja una pauta: elegir dónde atesorar exige mirar más allá de la rentabilidad y la publicidad. «La gente tiene que aprender a distinguir qué institución es más confiable y sigue ciertas normas de gestión de riesgos y regulación», concluye. Que existan opciones, después de años de mercado estancado, ya es en sí mismo una novedad.




















































































