La actual crisis política y social en el país, más larga que el último Paro Cívico en Santa Cruz que duró 36 días, del 22 de octubre hasta el 26 de noviembre de 2022, ha puesto nuevamente en evidencia un fenómeno recurrente en determinados sectores de las, mal llamadas, clases medias urbanas, así como de los opinólogos, analistas de escritorio e “influencers” de redes sociales: el síndrome de Doña Florinda.
Como el personaje de El Chavo, estos sectores buscan diferenciarse simbólicamente del pueblo, despreciando sus formas de organización y protesta mientras creen pertenecer a una categoría superior. En los hechos muchos son proletariado, ya que viven de vender su trabajo físico, o cognitariado ya que venden su trabajo intelectual por un sueldo o salario. Sin embargo, desde esa lógica, los bloqueos son vistos únicamente como una expresión de irracionalidad, atraso, perjuicio o barbarie. Esta mirada invierte deliberadamente la relación causa-efecto.
Los bloqueos no son el origen de la crisis; son la consecuencia de una acumulación de insatisfacciones económicas, políticas y sociales que no encuentran canales institucionales efectivos para ser escuchadas y sobre todo resueltas.
A este fenómeno se suma el síndrome de Stephen Candie, en referencia al personaje de la película Django, que naturalizaba la dominación y despreciaba a quienes se rebelaban contra ella. Comportamiento que al parecer representa a cabalidad a muchos defensores del poder y del gobierno, mismos que a la vez sufren las inclemencias de las malas decisiones políticas de la actual administración gubernamental.
En nuestro país, esta patología política se expresa cuando ciertos sectores estigmatizan a los movilizados como delincuentes, salvajes o enemigos de la democracia, sin detenerse a analizar las condiciones materiales que generan la protesta. La condena moral al bloqueador sustituye al análisis de las causas del conflicto. Se criminaliza el síntoma mientras se protege la enfermedad.
La pregunta fundamental que estos críticos nunca responden es simple: ¿por qué la gente bloquea? Ninguna comunidad, sindicato, organización campesina o sector popular asume los costos económicos, políticos y hasta penales de una movilización por simple capricho. Antes del bloqueo existe una demanda ignorada, una promesa incumplida, una necesidad insatisfecha o una percepción de exclusión.
Cuando el Estado, las élites económicas o el sistema político dejan de ofrecer respuestas, la protesta emerge como mecanismo de presión. Históricamente, los grandes cambios sociales de Bolivia nacieron precisamente de procesos de movilización que en su momento también fueron estigmatizados.
Por ello, una lectura seria de la coyuntura no debería comenzar preguntándose cómo eliminar los bloqueos, sino qué condiciones los producen. Quien solo ve carreteras cortadas, pero es incapaz de ver la pobreza, la falta de representación política, el deterioro económico o la frustración acumulada detrás de ella, termina atrapado entre Doña Florinda y Stephen Candie.
Despreciando al pueblo mientras culpa a las consecuencias de problemas cuya raíz se niega a reconocer. La verdadera discusión democrática no consiste en condenar la protesta, sino en comprender por qué miles de personas consideran que ya no tienen otro mecanismo eficaz para hacerse escuchar.

















































































