El reflejo de la luna en una taza con café. Delante del reflejo, unos ojos cansados mirando, por mucho tiempo. Como esperando a que el reflejo se mueva, a cualquier lado. La taza es circular, no tiene lados, como no los tiene un aro de basketball ni un aro de matrimonio, aunque en un matrimonio haya dos partes, no son necesariamente dos lados. Son dos partes de un contrato, que suele acabar mal, no se sabe, aunque debe haber estadísticas, la mayor cantidad de veces.
Quien mira el reflejo tiene pensamientos sobre muchas cosas, de la vida. Es que todo son cosas de la vida. Piensa en el trabajo precario que lo mantiene apenas sobreviviendo para hacer sobrevivir, además a otros seres cercanos, de sangre propia y ajena. Y cada uno de esos seres, también tiene algún trabajo precario esporádico, independientemente de la edad. Piensa en la ciudad en la que se ve, al transitarla, a niños vendiendo cosas indispensables como dulces, a niñas vendiendo imágenes del futbolista más nombrado, dibujadas en hojas cuadriculadas, a puntabola.
Se ve de pronto cruzar por el mercado de la calle Rodríguez, un día en el que el mercado ha ido a guardarse hasta que el mercado, como una entidad sin cuerpo y hecha de simbolismos y valores inventados y cosas innecesariamente indispensables, vuelva a funcionar; se ve pasar, a doce kilómetros por hora, un auto tesla feo y negro y caro, yendo a buscar un lugar donde se consiga locoto y tomate nacional y una ramita de huacataya fresca. Piensa en la naturaleza esquiva de los deudores de dinero y por otro lado, en la naturaleza acosante de los cobradores de deudas de dinero pero, también pasan por sus redes neuronales, otras deudas que le resultan más complicadas de honrar. Piensa en las deudas con la vida, en asuntos como la honestidad en el trabajo, en las relaciones, en la obra. Deudas que eventualmente quedan flotando en las emociones o desde las emociones o entre las emociones o despedazando una emoción, que no sea la ira.
Entonces piensa en la ira, y duda. Se acuerda de que dudar es una de las virtudes en la ciencia y en las personas con cierto grado de criticismo. Entonces no se avergüenza. Hay personas que se avergüenzan cuando dudan o cuando eventualmente cambian de opinión al haber constatado que en algún tema en cuestión estuvieron equivocadas, defendiendo sin mayor conocimiento pero en el modo de sesgo de manada, cualquier cosa. Ocurre a menudo y cada vez, más a menudo. Quizás llegue un momento en el que ya nadie dude y se viva una sociedad del absoluto sometimiento, con el envolvente de la palabra libertad, vaciada ya de todo contenido.
Piensa en los problemas inmediatos y pequeños a los cuales cuesta tanto encontrar una solución y no por que no la tengan. El mayor problema radica entonces, en que es el pensamiento, obstinado, encerrado en una sola forma, insistente, repetitivo y terco, el que se niega a cambiar de lugar, de punto de vista, de forma. Entonces la mente se le llena de patria, sociedad, familia, no familia, las buenas costumbres, las malas lenguas, la dieta sana y libre de grasas saturadas y la dieta del asambleísta que bosteza cada doce minutos mientras intenta resolver un sudoku, pensando en una sola forma, insistente, repetitivo y terco. Mientras todo se mueve en la mente, el reflejo de la luna en el café de la taza, se ha ido, en silencio, a reflejarse en el mar de los deseos.















































































