Se suele atribuir a Unamuno la idea de que morimos del todo cuando desaparece la última persona que nos recuerda. Tal vez las ciudades tengan un destino parecido, quizás empiezan a extinguirse cuando dejan de ocupar un lugar en nuestra imaginación colectiva; cuando nadie las piensa más allá de la siguiente elección o de la siguiente disputa política. Así las cosas, es posible que el mayor desafío que tenga hoy La Paz no sea solamente la recuperación económica, la recomposición institucional o la construcción de nuevos liderazgos. Quizá el desafío sea más profundo: volver a convertirla en una idea compartida.
Durante décadas, quienes acá habitamos, confundimos pensar nuestro territorio concreto con pensar Bolivia. Era una confusión comprensible, desde esta ciudad se administra el Estado, se debaten decisiones nacionales y se concentra buena parte de la vida política del país. Mirábamos Bolivia con La Paz asumida en ella y, sin advertirlo, dejamos de mirar a La Paz en sí misma.
Los acontecimientos de los últimos meses parecen confirmar esa intuición. Primero, un proceso electoral departamental que nunca llegó a una segunda vuelta, dejando instalada una discusión sobre la legitimidad política de la Gobernación y debilitando, desde su origen, su capacidad para representar a un departamento atravesado por profundas diferencias territoriales: es la primera vez que tenemos un Gobernador electo que no representa al Altiplano paceño.
Después, un Concejo Municipal que decidió inaugurar la nueva gestión priorizando una disputa reglamentaria antes que un principio democrático elemental: permitir que la fuerza con mayor representación iniciara el gobierno municipal con un mínimo voto de confianza institucional. Una mayoría circunstancial alteró esa lógica, eligió una presidencia distinta y abrió una confrontación que mantiene fracturada la relación entre el Concejo y la Alcaldía e impide incluso conformar plenamente su directiva.
Luego llegaron los 53 días de bloqueo…
Se hablará durante meses sobre las pérdidas económicas, el desabastecimiento y sus consecuencias o las dificultades para sobrevivir a esas semanas. Pero quizá la transformación más profunda ocurrió en nuestra percepción sobre nuestro territorio. De pronto comenzó a discutirse sobre la necesidad de huertos urbanos, de autoabastecimiento, sobre la conveniencia de seguir pagando impuestos, la relación entre el campo y la ciudad e incluso del federalismo: fue nuestro punto más alto de orfandad, ¿qué hace una sociedad cuando siente que el Estado no le responde?
El vínculo histórico entre el área rural y la ciudad de La Paz quedó atravesado por una desconfianza que ojalá sea pasajera, porque pocas identidades paceñas han sido tan fecundas como esa convivencia permanente entre ambas realidades. Romper ese puente significaría empobrecer una de las mayores fortalezas del departamento.
Y, para rematar, cuando llega julio, la Asamblea Legislativa Plurinacional estará en receso, se nos niega también la sosa pero simbólica sesión de honor. Puede parecer un detalle protocolar, pero en este hueco de orfandad, todo nos está hablando.
Las ciudades también pueden quedarse huérfanas. No solamente de autoridades, sino de proyectos colectivos. Huérfanas cuando quienes fueron elegidos para conducirlas anteponen la disputa a la responsabilidad, la mezquindad al acuerdo y el cálculo político al interés común.
Tal vez por eso este 16 de julio la tarea más urgente sea volver a pensar La Paz. No para dejar de pensar Bolivia, sino para comprender que ningún proyecto nacional puede sostenerse sobre ciudades debilitadas y comunidades fragmentadas. Antes de reconstruir instituciones, liderazgos o economías, habrá que reconstruir algo más difícil: la convicción de que La Paz merece volver a ser imaginada como un proyecto compartido, nuestro proyecto compartido.

















































































