El lamento del presidente sobre la pequeñez de la minería boliviana frente a nuestros vecinos -Chile y Perú- nos obliga a ver el contexto histórico de la formación de esta actividad en nuestro país.
Las glorias coloniales del portentoso Potosí se quedaron atrás después de la independencia, la República heredó el andamiaje monárquico, siguió viviendo de acuñación e impuestos de la plata, junto al impuesto indigenal.
El modelo se abandonó por las presiones externas y la incapacidad de desarrollo de una burguesía propia, dando paso a un modelo liberal con presencia de capitales extranjeros en la explotación minera. Fueron tres presidentes que abanderaron la mina de Huanchaca. Se introdujo maquinarias con energía motriz, sustituta de los mitayos, se desarrolló el ferrocarril Antofagasta-Uyuni-Huanchaca, se intensificó la explotación para llevar mineral crudo para su tratamiento en las playas chilenas. Firmado el pacto de paz, la penetración del capital chileno fue intensiva, minas como Catavi, Corocoro, San José fueron codiciadas por estos inversionistas, mientras el Estado garantizaba sus operaciones a cambio de un 3% de impuesto aduanero. La caída de la plata, ante el predominio del oro, significó la caída de los señores de la plata; la riqueza extraída sólo sirvió para sus viajes de placer o la construcción de los palacios al estilo europeo, en la aridez del altiplano, mientras el capital chileno desarrollaba su propia burguesía minera en territorio usurpado a Bolivia.
La apetencia por el estaño en el mundo reavivó viejos proyectos mineros, se enseñorearon los barones del estaño, que más allá de dar nobleza a sus hijos, se encadenaron al sistema mundial. Patiño, ejemplo paradigmático, no sólo continuó con la explotación de los yacimientos mineros bolivianos, sino que amplió su actividad a las fundiciones en la propia Inglaterra, compró minas en otros continentes e incursionó en el campo de la comercialización y las finanzas; todo esto con base en el estaño de Bolivia. No requirió inversión extranjera, él era inversionista en el extranjero y no en Bolivia; se dio el lujo de prestar plata al Estado boliviano, en la conflagración con el Paraguay. Se le comenzó a llamar el super estado minero; esta paradoja pretendió ser superada por dos excombatientes, Busch y Villarroel, que impusieron la entrega obligatoria de divisas, su osadía les costó la vida.
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La insurrección de abril de 1952, impulsada por la Central Obrera Boliviana (COB), impuso la nacionalización de las minas; su concepción de abarcar toda la cadena productiva, (exploración, explotación, fundición y comercialización) fue desmembrada con la creación del Servicio Geológico Boliviano y la competencia del Banco Minero; posteriormente se crearía la Empresa Nacional de Fundiciones. De esta manera, se parceló la cadena minera, creando competencia entre actores estatales. Así, la creación de ENAF, por otro excombatiente, el Gral. Ovando, le privó de la comercialización y de las divisas que daban sus minas.
Ante la afirmación de que la nacionalización de las minas fue un fracaso, hay que ver el cambio estructural que hubo con la política que implantó el MNR, de diversificación y vertebración del país, que integró el oriente a la economía nacional, fortaleciendo YPFB, desarrollando la agro industria para la alimentación del occidente, particularmente de las minas, con precios subvencionados, los planes de colonización, que llevaron a gente de las minas e indígenas a trabajar en los nuevos campos de cultivos.
Mientras esto ocurría, la vaca lechera, la Corporación Minera de Bolivia, estaba prohibida de hacer inversiones, ni manejar las divisas que generaba, éstas eran transferidas a la nueva burguesía agroexportadora, mientras se consolidaba la dependencia productiva de la minería, importando el 70% de sus insumos. Así, sin mayores inversiones ni renovación, se llevó a la empresa estatal a la crisis, para después cerrarla (1985).
El virtual cierre de COMIBOL significó perder el 75% de divisas que generaba para el Estado; la inversión extranjera, a pesar de las amplias garantías del modelo neoliberal, no llegó. El gran colchón social y económico fue la incursión de las cooperativas; posteriormente la gran minería, llamada mediana, se hizo cargo de los yacimientos más prometedores de COMIBOL: Huanuni, Bolívar, Colquiri, San Vicente, Caracoles, Planta Hidrometalúrgica Potosí; como de mineros chicos: San Cristóbal, Inti Raymi.
Sus alianzas con transnacionales recién dieron sus frutos después de 2005, en ese año las exportaciones mineras bordearon los $us 300 millones, muy lejos de los $us 663 millones que se había exportado en 1981. Hoy las exportaciones pasan los $us 6.000 millones, la producción estatal es sólo 7% de este monto; es el único que ingresa sus divisas al Banco Central, mientras la renta minera es menos del 9% del valor del mineral extraído. El resto es fuga de capital.
Si pensamos que la minería puede ser el futuro de Bolivia, hay que hacer un cambio de política: la minería, fuente de divisas para el país, mediante su industrialización será la base para nuestra autonomía productiva. Así entendemos la soberanía sobre nuestros recursos naturales.
*Fue dirigente sindical minero.














































































