Gramsci introduce una distinción sencilla para hablar de hegemonía. Los dominantes ejercen fuerza y violencia frente a sus antagónicos y construyen consensos y dirigencia moral ante sus aliados, así el poder no se sostiene solo por la fuerza física o coercitiva sino por el consenso cultural e ideológico. Referido consenso cultural se expresa en su sentido ideológico como sentido común.
Gramsci lo explica como la filosofía de los no filósofos, es decir, el conjunto fragmentado, disperso e incluso folclórico de ideas que el común de la gente se repite día a día para explicar su lugar en el mundo y con ello justificar todo lo que le sucede. Hay hegemonía cuando los dominantes logran impregnar su propia visión del mundo en ese sentido común popular, es decir, cuando los dominados piensan el mundo con las categorías, los valores y las premisas de los dominantes.
En esta situación ideal, el orden social ya no precisa de un agente de coerción porque cada ciudadano lleva dentro de sí, en su sentido común, a este agente de coerción. Podríamos decir que en este momento de sentido común compartido, la ideología pasa desapercibida, porque la misma se ha naturalizado y se puede decir ¬–de la manera más ideológica posible– que se está delante del fin de las ideologías, lo cual queda claro porque una de ellas triunfó y se dedica a expulsar a la demás ideologías de su posibilidad de ser mínimamente pronunciada.
Sin embargo, para Gramsci la hegemonía no es un bloque de cemento indestructible, sino que se trata de un equilibrio de fuerzas inestables. El sentido común se pone a prueba todos los días y los dominantes hacen malabares cada vez que en su actuar y en su conducta revelan situaciones cínicas y contradictorias. Pero las denuncias sobre estas conductas no son suficientes para llegar a una crisis de hegemonía.
Una crisis política comienza cuando los pactos o consensos construidos empiezan a desmoronarse. Esto puede darse cuando los partidos políticos dejan de representar a la sociedad o a una buena parte de ella, expresando una ruptura del consenso necesario para el gobierno. Para Gramsci los partidos políticos constituyen un entramado complejo de relacionamiento entre el gobierno y la población, si los mismos se desmoronan, el comienzo de una compleja y significativa crisis se avecina, así el grupo dirigente pierde el consenso y solo le queda el uso de la fuerza.
Frente a este vacío de legitimidad, la sociedad ingresa en un estado peligroso de volatilidad y el riesgo se encuentra en la aparición de liderazgos inesperados. Es entonces cuando Gramsci advierte que el viejo mundo muere, el nuevo mundo aún tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos. Gramsci no utiliza exactamente el término “monstruo” sino “fenomini morbosi”, es decir, fenómenos morbosos variados y ciertamente peligrosos.
Las crisis complejas de hegemonía pueden durar muchos años, aunque muchas veces la palabra “transición” pueda parecer que se trata de un corto tiempo, sin embargo, las transiciones lamentablemente pueden durar muchos años, y en este largo periodo, el desequilibrio e inestabilidad de fuerzas puede arrojar una variedad de fenómenos políticos morbosos.
















































































