Desde que Bolivia y Estados Unidos establecieron relaciones diplomáticas en 1848, el vínculo entre ambos atravesó por etapas de acercamiento, distanciamiento, alianzas, desencuentros políticos y periodos de abierta confrontación, siempre influida por los intereses de cada época y el escenario internacional.
Desde la provisión de estaño durante la Segunda Guerra Mundial hasta la actual disputa geopolítica entre Washington y Pekín, la relación reflejó mucho más que un intercambio diplomático. Mostró la forma en que Bolivia busca insertarse en el orden mundial.
La asimetría entre ambos Estados definió la relación bilateral, aunque esa diferencia no impidió la construcción de alianzas y espacios de cooperación cuando los intereses convergieron.
El abogado Gonzalo Mendieta y el periodista Rafael Archondo, en el libro Tan faltos de aire. Historia de la relación de Bolivia y los Estados Unidos (1848-2008), plantearon que el vínculo fue «al mismo tiempo unilateral en sus acercamientos y asimétrico en su ejecución», se trató de «dos países que se dieron la espalda durante siglos y cuyo interés de aproximación no parece gozar de un respaldo ni un afecto genuino, sobre todo, de parte del sujeto más poderoso».
En su criterio, Bolivia mostró durante décadas un mayor interés por fortalecer la relación con Estados Unidos que el demostrado por Washington. Para la potencia norteamericana, el acercamiento respondió a intereses estratégicos de cada momento y no a una política constante hacia Bolivia. “Determinadas condiciones activaron cierto interés en Washington, aunque la motivación nunca fue floreciente”.
Pues, a lo largo del tiempo, existieron periodos de mutua asociación. Los años de Enrique Peñaranda (1940-1943) y, posteriormente, de Víctor Paz Estenssoro —especialmente durante la administración de John F. Kennedy (1963)— constituyeron algunos de los momentos de mayor cercanía. Décadas después, la ruptura diplomática de 2008 abrió el periodo de enfriamiento, mientras que el gobierno de Rodrigo Paz busca, ahora, reconstruir un vínculo bajo nuevas condiciones.
A finales de 1930, Bolivia ocupaba un lugar secundario dentro de la política exterior estadounidense. Esa situación cambió con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la posterior participación del país norteamericano.
El estaño se convirtió en un recurso estratégico para la industria militar aliada. Estados Unidos necesitaba garantizar el suministro de este mineral, indispensable para la fabricación de armamento, vehículos y equipos de guerra. Washington incrementó sus compras, otorgó créditos y promovió acuerdos que consolidaron una estrecha cooperación con el gobierno de Enrique Peñaranda.
La administración del presidente Franklin D. Roosevelt consideró a Bolivia un socio relevante dentro de su política hemisférica. El país recibió apoyo financiero, asistencia técnica y respaldo diplomático. Pues, Estados Unidos buscaba asegurar el abastecimiento de materias primas críticas y mantener estabilidad política en América Latina.
Peñaranda visitó a su homólogo estadounidense con el propósito de estrechar lazos diplomáticos y ratificar la adhesión de Bolivia a los Aliados y a la Declaración de las Naciones Unidas. El entonces presidente boliviano fue recibido en la Casa Blanca con altos honores militares por Marines.
Mendieta y Archondo recuerdan que “era la primera vez que un jefe de Estado era recibido en Washington. La alfombra roja y los brindis tenían un aroma metálico innegable”, en referencia a la negociación del estaño.
Casi dos décadas después, la Revolución de 1952 parecía destinada a provocar un choque con Estados Unidos. El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) nacionalizó las minas, impulsó la reforma agraria y amplió el voto universal, medidas que generaban preocupación en Washington en plena Guerra Fría. Sin embargo, ocurrió lo contrario.
Estados Unidos optó por respaldar al gobierno de Víctor Paz Estenssoro. La prioridad estadounidense era impedir que Bolivia siguiera el camino de una revolución de orientación comunista.
Entonces, Estados Unidos, en lugar de aislar al nuevo gobierno, decidió fortalecerlo mediante cooperación económica.
En ese marco, se dio la visita oficial del presidente Víctor Paz Estenssoro a Washington, en octubre de 1963. Recibido en la Casa Blanca con máximos honores por el mandatario John F. Kennedy, el encuentro consolidó el respaldo financiero estadounidense a la Revolución a través del programa Alianza para el Progreso.
“Paz Estenssoro era recibido con honores. Llevaba una amplia delegación y Kennedy se tomó varios minutos para conversar con los bolivianos sobre diversos temas durante tres días”, recuerdan Mendieta y Archondo.
Esa cercanía acabó después del asesinato de Kennedy y el posterior golpe del general René Barrientos a Paz Estenssoro.
En 1950, Bolivia se convirtió en uno de los principales receptores de ayuda estadounidense en América Latina. La cooperación financió programas alimentarios, proyectos de infraestructura y fortalecimiento institucional. También llegaron misiones de USAID y organismos internacionales para financiar varios proyectos.
La estabilidad política pasó a formar parte de la estrategia estadounidense para contener la influencia soviética en la región. Durante las décadas de 1960 y 1970 la relación adquirió un componente de seguridad.
Estados Unidos apoyó a distintos gobiernos militares que compartían su estrategia anticomunista. La cooperación estuvo enfocada en entrenamiento militar, intercambio de inteligencia y programas de asistencia para las Fuerzas Armadas.
“A medida que Barrientos se fortalecía dentro del aparato partidario y de las Fuerzas Armadas, su relación con los gringos se tornaba robusta”, dijeron ambos.
Años después, uno de los episodios más representativos ocurrió en 1967 con la captura y muerte de Ernesto «Che» Guevara. Militares bolivianos recibieron entrenamiento de instructores estadounidenses, entre ellos integrantes de las Fuerzas Especiales conocidas como Boinas Verdes, mientras agentes de la CIA colaboraban con Inteligencia.
Ese episodio convirtió a Bolivia en un escenario importante dentro de la disputa global entre Estados Unidos y la Unión Soviética. No obstante, la relación también enfrentó tensiones. Durante la dictadura de Luis García Meza, Estados Unidos condenó las violaciones a los derechos humanos y el involucramiento de altos funcionarios con el narcotráfico, lo cual deterioró el vínculo.
Con el retorno de la democracia y la crisis económica de mediados de los años ochenta, la relación volvió a fortalecerse.
Paz Estenssoro asumió la Presidencia en 1985 en medio de una hiperinflación superior al 20.000% anual. Estados Unidos respaldó las reformas aplicadas mediante el Decreto Supremo 21060 y promovió asistencia financiera para estabilizar la economía boliviana.
En esa etapa apareció un nuevo eje de cooperación: la lucha contra el narcotráfico.
La presencia de la DEA se amplió, mientras Bolivia suscribió acuerdos para combatir la producción de coca. La política antidrogas se convirtió en uno de los principales temas de la agenda.
Los gobiernos de Gonzalo Sánchez de Lozada impulsaron reformas de libre mercado, inversión extranjera y mantuvieron cooperación con Washington.
La llegada de Evo Morales al poder en 2006 representó un giro en la política exterior. Su gobierno impulsó un discurso crítico hacia Estados Unidos, fortaleció la relación con Venezuela, Cuba, Rusia, China e Irán y promovió una política basada en integración latinoamericana y la multipolaridad.
Según Mendieta y Archondo, “la victoria del MAS, ocurrida en diciembre de 2005, fijó el inicio de una nueva etapa en las relaciones entre Bolivia y Estados Unidos”.
Las tensiones alcanzaron su punto máximo en septiembre de 2008, cuando Morales expulsó al embajador estadounidense Philip Goldberg tras acusarlo de injerencia política. Washington respondió expulsando al embajador boliviano Gustavo Guzmán. Después fue expulsada la DEA y, en 2013, también cesaron las operaciones de USAID en Bolivia.
Aunque ambos países mantuvieron relaciones mediante encargados de negocios, nunca volvieron a designar embajadores.
El cambio de gobierno abrió una nueva etapa. Desde fines de 2025 comenzaron reuniones para restablecer una relación diplomática de alto nivel entre ambos.




















































































