Hoy se pasea por los mapas de la geopolítica un cuerpo armado a puro remiendos, hecho con despojos de diversos orígenes y persistentemente antagónicos, que se llama Bolivia.
Con una metáfora tremendista expondré nuestra condición estructural de base: somos un estado y sociedad creados por políticos tan perturbados como el doctor de la novela de Mary Shelley. Formamos parte de los países que nacieron ensamblados artificiosamente con retazos sociales extremadamente disímiles e imposibles de cohesionar que periódicamente se acercan al desastre.
Somos una criatura grotesca que cumplió dos siglos sin desarrollo material y humano plenos, que anda torpemente, solazándose de sus retrocesos, y que periódicamente demuele su precario contrato social e instituciones. Pero, el 2026 es un año especial: nuestra sociedad exterioriza una indisimulable depresión colectiva.
No nacimos por generación espontánea. Nos construyeron en la mesa experimental de la picardía criolla y la escasa cohesión social. Nuestros antepasados, ilustres personajes de la política y la clase castrense, hurgaron en los osarios y mataderos para recolectar extremidades, órganos vitales y tejidos que los juntaron para formar un cuerpo gigantesco, pero enclenque y pedigüeño.
Por ello, sus extremidades van en direcciones opuestas, con actos motrices controlados por un pequeño cerebro que envía señales monotemáticas: narrativas antagónicas de la obviedad con arengas y agendas que fluyen al esqueleto, las extremidades y los órganos vitales por 200 años. Somos un remiendo de etnias y grupos zurcidos con el hilo barato de una institucionalidad precaria y el huso de una forzada convivencia.
¿Qué mantiene en movimiento a este cuerpo zurcido si sus funciones vitales están enfrentadas? En la novela de la británica, era la electricidad que infundía el hálito de vida. En nuestro cuerpo la descarga viene de expoliaciones inmisericordes, de economías subterráneas, de violencia periódica, del narcotráfico, del contrabando, de la extracción ilegal de recursos, etc.
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Con esos fluidos, esta criatura se levanta para mostrar su burda capacidad motora. No se mueve con agilidad. Se tambalea sin caerse del todo por puros reflejos de la supervivencia más primitiva. Curar este cuerpo remendado – alias estado fallido– no es una tarea de cirugía estética. Requiere cirugía mayor.
Quizás con una reconstrucción total termine en tres o nueve cuerpos federados o separados. Hasta que ese día llegue, la criatura seguirá deambulando por la historia global como un recordatorio de lo que hacen los políticos y militares cuando juegan a construir naciones remendando odios y diferencias sin considerar los atavismos que subyacen en cada tejido y en todo el esqueleto.
Y en estos tiempos milenaristas, ese cuerpo remendado y abandonado en la marginalidad de la globalización decidió, una vez más, inmolarse. Como un suicida/reincidente bloqueó sus venas y se rasgó los tendones para desangrarse lentamente tendido en una inmensa geografía que nunca pudo controlar y desarrollar. Yace nuevamente “en medio de la nada”, falleciendo lánguidamente entre bellísimas llanuras y esplendorosas montañas.
*Es arquitecto















































































